Casiano en las Colaciones tiene unos párrafos en los que enseña un modo de rezar cuando uno es tentado. Sirve de comentario a la regla ignaciana sobre la desolación en que san Ignacio nos anima a alargarnos más en algún modo de oración o penitencia. Es el antirrheticus de Evagrio, pero más fácil de practicar

Escuela de la oración continua

El símil que habéis adoptado—con mucho tino, por cierto—entre el aprendizaje de la oración continua y la instrucción de los niños, está plenamente justificada. Estos no pueden aprender el alfabeto, ni reconocer sus letras, ni trazarlas con mano firme y segura, si no tienen al efecto signos o caracteres cuidadosamente grabados en el encerado. Llegan a saber escribir a fuerza de fijarse en ellos y ejercitarse diariamente en reproducirlos.

Análogamente en la ciencia del espíritu. Es preciso que tengáis un modelo hacia el cual podáis orientar con insistencia vuestro rayo visual. De esta suerte os habituáis a tenerlo sin cesar en vuestro pensamiento, os lo apropiáis gracias a esta meditación continua, y así podéis elevaras a más alta contemplación. Pero veamos cuál es este modelo que ha de serviros de instrucción, esta fórmula de oración que buscáis.

Todo monje que tiene la mente fija en el recuerdo constante de Dios, debe habituarse a meditarla constantemente, y con su ayuda, rechazar los demás pensamientos. Porque no podrá retenerla sino a trueque de inhibirse totalmente de las solicitudes y voliciones carnales. Es éste un secreto de incalculable valor. Nos lo han transmitido los contados supervivientes de los Padres de la primera edad, y sólo lo manifestamos a ese corto número de almas a quienes acucia la sed de conocerlo.

Si queréis que el pensamiento de Dios more sin cesar en vosotros, debéis proponer continuamente a vuestra mirada interior esta fórmula de devoción: «Deus in adiutorium meum intende, Domine ad adiuvandum me festina»—Ven, oh Dios, en mi ayuda, apresúrate, Señor, a socorrerme—. No sin razón ha sido preferido este versículo entre todos los de la Escritura. Contiene en cifra todos los sentimientos que puede tener la naturaleza humana. Se adapta felizmente a todos los estados, y ayuda a mantenerse firme ante las tentaciones que nos solicitan.

En efecto, entraña la invocación hecha a Dios para sortear los peligros, la humildad de una sincera confesión, la vigilancia de un alma siempre alerta y penetrada de un temor perseverante, la consideración de nuestra fragilidad. Hace brotar asimismo la esperanza consoladora de ser atendidos y una fe ciega en la bondad divina, siempre pronta a socorrernos. Quien recurre sin cesar a su protector, adquiere la seguridad de que le asiste a todas horas. Viene a ser como la voz del amor urente, de la caridad acendrada; es como la exclamación del alma cuya mirada se posa medrosa sobre las asechanzas que la rodean, que tiembla frente a los enemigos que la asedian día y noche, y de quienes sabe que no puede librarse sin el auxilio de aquel a quien invoca.

Este versículo es una muralla inexpugnable y protectora, una coraza impenetrable y un escudo firmísimo contra todos los embates del demonio. El que vive dominado por la acidia, la aflicción de espíritu, la tristeza, o abrumado por algún pensamiento, encuentra en estas palabras un remedio saludable. Y es que nos muestra que aquel a quien invocamos es testigo ocular de nuestros combates, y no se aleja nunca de los que en Él confían.

Mas, si con signo inverso, todo parece felizmente logrado en lo que afecta a nuestra salvación, y nuestro corazón rebosa de jocunda euforia, estas palabras santas nos ponen también sobre aviso. Porque nos advierten que no debemos engreímos por una dicha en que es imposible mantenerse estable sin la protección de Dios, pues confesamos no sólo que tenemos necesidad de su ayuda, sino también que nos es preciso experimentarla cuanto antes.

En una palabra: en cualquier situación en que nos pongan las circunstancias de la vida, esta plegaria nos será siempre útil y necesaria. Porque quien desea que Dios le ayude siempre y le socorra en todos los trances, revela bien a las claras que le es menester este auxilio. Y no únicamente cuando le acaricia la suerte y todo le sonríe, sino también cuando la prueba y la tristeza cunden en su alma; puesto que de Dios depende tanto el libramos de la adversidad como el hacernos vivir en la alegría. Además, debemos abundar en la idea de que la debilidad del hombre no puede, sin la ayuda de Dios, mantenerse a pulso ni frente a los bienes ni frente a los males de la existencia.

Supongamos que me siento combatido por la tentación de la gula. Mi espíritu apetece en el desierto las viandas que el yermo no produce. En las más hondas soledades percibo el olor de los manjares que se sirven a la mesa de los príncipes. ¿Qué mejor entonces que decir: «Dios mío, ven en mi ayuda; apresúrate, Señor, a socorrerme»?

Tengo la tentación de anticipar la hora de la comida, y siento mi corazón taladrado de dolor por la violencia que me es preciso hacerme para guardar la medida fijada por una sobriedad prudencial. ¿Qué puedo hacer en esta tribulación sino exclamar con lágrimas y gemidos: «Deus, in adiutorium meum intende»?

Las rebeldías de la carne me obligarán alguna vez a observar ayunos más rígidos y a una abstinencia más dura que de costumbre; pero no me siento con fuerzas para ella debido a la debilidad de mi estómago. Con el fin de permanecer firme en mi primera resolución o para obtener, al menos, que los ardores de la carne se extingan sin el remedio violento de una abstinencia tan ruda, suplicaré con fervor: «¡Dios mío, ven en mi ayuda; apresúrate, Señor, a socorrerme!»

Ha llegado la hora regular que me invita a tomar la refección. Pero sucede que el pan me causa fastidio, nada me apetece y me veo falto del necesario sustento. Entonces prorrumpiré con gemidos, diciendo: «¡Dios mío, ven en mi ayuda; Señor, apresúrate a socorrerme!»

Algunas veces, para contener mi corazón, que se disipa, quiero aplicarme a la lectura. Fatalmente comienzo a sentir un dolor de cabeza que me impide seguir adelante o me vence el sueño a las nueve del día. Si levanto la cabeza y me hago violencia para leer, no tardaré en seguida a caer rendido sobre mi libro. De este modo me siento movido a prolongar o anticipar el tiempo destinado para el descanso. Más aún: la violencia del sueño, que no puedo vencer, me hace entrecortar la recitación de los salmos y oraciones canónicas durante la sinaxis. ¿Qué haré yo en este estado sino clamar a Dios desde el fondo de mi corazón: «Deus, in adiutorium meum intende»?

El sueño permanece alejado de mis pupilas. Me hallo fatigado con insomnios e ilusiones diabólicas. Sin poder pegar los párpados, me es imposible tomar el descanso reparador que necesito por la noche. Suspirando acudiré al Señor con esta plegaria: «¡Dios mío, ven en mi ayuda; Señor, apresúrate a socorrerme!»

Estoy todavía en lucha contra los vicios. Me halagan los deleites de la pasión. La carne me tienta y pretende, a favor del sueño, arrebatar solapadamente mi voluntad, inclinándome al consentimiento. Para impedir que en este trance el ardor del fuego enemigo abrase las flores delicadas y suaves de la castidad, ¿qué mejor que exclamar: «Dios mío, ven en mi ayuda; Señor, apresúrate a socorrerme?»

Siento en mí extinguidos los dardos encendidos de la concupiscencia y como amortiguados los incentivos de la carne. Para que esta virtud que he conseguido, o por mejor decir, para que esta gracia de Dios persevere en mí largo tiempo, diré de continuo: «¡Dios mío, ven en mi ayuda; Señor, apresúrate a socorrerme!»

La ira, la concupiscencia, la tristeza, me atormentan y me turban. Una fuerza incoercible me empuja a ceder en la suavidad que me había propuesto como ideal. Temeroso de que la ira engendre en mí el acíbar y la hiel, con gemidos salidos de lo más profundo del alma exclamaré: «¡Dios mío, ven en mi ayuda; Señor, apresúrate a socorrerme!»

Soy presa del tedio, siento la tentación de la vanagloria y del orgullo; la negligencia y la tibieza ajenas suscitan en mí, al compararlas con mi aplicación, una secreta y furtiva complacencia. Para que esta sugestión del enemigo no prevalezca, ¿qué mejor entonces que prorrumpir con un corazón contrito y humillado: «Deus, in adiutorium meum intende, Domine ad adiuvandum me festina»?

He conseguido la gracia de la humildad y de la simplicidad, y he domeñado, gracias a una continua compunción, la petulancia del orgullo. Mas recelo que el «pie del soberbio y la mano del pecador van a hacerme tambalear». La altivez del triunfo puede poner en contingencia mi victoria y hacerme sangrar de una herida más profunda. Con el corazón en los labios suplicaré entonces: «¡Dios mío, ven y ayúdame, apresúrate a socorrerme!»

Pululan en mi mente distracciones sin número, y los pensamientos más dispares anulan toda estabilidad en mi alma. Me siento falto de fuerzas para refrenar las tendencias divergentes de mis pensamientos. Me es imposible orar. Me siento vejado por un hervidero de fantasmas y figuras, simple proyección de recuerdos pasados. Unas veces son palabras que yo he pronunciado u oído, otras será efecto de lo que yo mismo he visto y puesto por obra. En tal situación, mi alma, fría y estéril, es incapaz de suscitar en mí el más leve sentimiento de devoción. ¿Qué es lo que me pondrá al abrigo de este estado desolador, cuando ni las lágrimas ni los suspiros han sido suficientes para ponerme a salvo de él, sino esta plegaria: «Deus, in adiutorium meum intende»?

Mi alma ha encontrado su camino, su dirección. Mis pensamientos han cobrado estabilidad, afianzándose en Dios. Aflora a mi corazón la alegría, y mi espíritu se siente transportado de un gozo inexpresable. Todo este cortejo de bienes me los ha traído consigo la visita del Espíritu Santo. Es un desbordar de sentimientos sobrenaturales. En ellos soy favorecido con las más señaladas revelaciones. Y ante la iluminación súbita del Señor, asoman una serie de evidencias hasta entonces totalmente insospechadas, sobre los más profundos misterios. Ahora bien, para que merezca gozar largo tiempo de esta luz, debo decir a menudo y con toda el alma: «¡Oh Dios, ven en mi ayuda; apresúrate, Señor, a socorrerme!»

Los demonios me asedian de temores nocturnos, los espíritus inmundos me hostigan con sus fantasmas. El exceso de espanto ahoga en su fuente toda esperanza de salvación. Buscaré entonces un refugio en el contenido de este versículo, como en un puerto de salvación, y exclamaré con todas mis fuerzas: «Deus, in adiutorium meum intende!»

Animado con la venida y consolación del Señor, me siento como circundado de millares de ángeles. Aquellos a quienes temía yo antes más que a la muerte, y cuyo contacto e incluso su simple acercamiento me amedrentaba y hacía correr por todos mis miembros escalofríos de terror, ya no me inspiran la menor desconfianza. Ahora soy yo quien se atreve a ir a su encuentro y provocarles al combate. Para conservar largo tiempo esta intrepidez y vigor sobrenatural, nada más a propósito que clamar con todas las energías de mi ser: «¡Dios mío, ven en mi socorro; Señor, apresúrate a ayudarme!»

Sea, pues, este versículo el alimento constante de nuestra oración. En la adversidad, para vernos libres de ella; en la prosperidad, para mantenernos firmes y precavidos contra la soberbia. Sí, que sea esta plegaria la ocupación continua de vuestro corazón. En el trabajo, en vuestros quehaceres, yendo de viaje, no dejéis nunca de repetirla. Ya comáis, ya durmáis, en todos los menesteres de la vida, meditad este pensamiento. Vendrá a ser para vosotros una fórmula de salvación, que no sólo os pondrá en guardia contra los ataques del enemigo, sino que os purificará de todo vicio y de toda impureza terrena. Al propio tiempo, os elevará hasta la contemplación más subida de las cosas celestiales e invisibles, a aquel ardor inefable de oración que es de tan pocos conocido.

Que el sueño cierre vuestros ojos pronunciando estas palabras. Hasta que, a fuerza de repetirlas, adquiráis el hábito de decirlas incluso después de conciliar el sueño. Que sean, asimismo, al despertaras, lo primero que recuerde vuestro espíritu. Rezadlas de rodillas al dejar el lecho, y que os acompañen desde entonces a lo largo de vuestras acciones sin que os abandonen jamás. Las meditaréis, según el precepto de Moisés, estando en casa y yendo de camino, durmiendo y al despertar; las escribiréis sobre vuestros labios, la grabaréis sobre los muros de vuestras celdas y en el santuario de vuestro corazón. En suma: que estas palabras os acompañen como vuestro único refrán al postraros para la oración; y en seguida que os levantéis, seguid con ellas el ritmo ordinario de la vida, para que sea en todos los quehaceres de vuestra existencia una oración siempre viva y continua.

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