Índice del artículo

Tratado práctico

Evagrio Póntico

Prólogo

1. Querido hermano Anatolio, recientemente me has escrito desde la Santa montaña para pedirme, a mí que resido en Escete, que te explique el simbolismo del hábito de los monjes egipcios, porque seguramente has pensado que no es por casualidad ni sin razón que es tan diferente de la vestimenta de los otros hombres. Pues bien, te haremos conocer todo lo que hemos aprendido de los Santos Padres sobre esta materia.

2. La capucha es el símbolo del amor de Dios nuestro Salvador, que protege la parte más importante del cuerpo y mantiene, a los que aún son como niños, protegidos en Cristo (cf. 1 Cor 3, 1) contra aquellos que continuamente buscan golpear y lastimar (cf. 1 Cor 12,7). Así, los que la llevan sobre la cabeza cantan con hombría: Si el Señor no construye la casa y no custodia la ciudad en vano se esfuerzan el constructor y el centinela (Sal 126, 1). Estas palabras engendran la humildad y arrancan el orgullo, el mal original que precipitó sobre la tierra a Lucifer, el que se eleva al amanecer (Is 14,12).

3. La desnudez de las manos manifiesta que su género de vida está libre de toda hipocresía. La vanagloria, en efecto, es suficientemente poderosa como para cubrir y obscurecer las virtudes, persiguiendo siempre la gloria que viene de los hombres (cf. 1 Ts 2,6) y alejando la fe: ¿Cómo pueden creer ustedes, recibiendo gloria unos de otros, y no buscando la gloria que viene sólo de Dios? (In 5,44). Porque el bien debe ser escogido por sí mismo y no por otra causa; si esto no se cumple sucederá que lo que nos mueve hacia la realización del bien es mucho más importante que hacer el bien. Tal afirmación es totalmente absurda, puesto que sería creer y decir que alguna cosa es mejor que Dios.

4. El escapulario, que tiene forma de cruz y cubre los hombros de los monjes, es un símbolo de la fe en Cristo, que sostiene a los buenos y remueve los obstáculos de su vida monástica.

5. El cinturón que ciñe sus riñones aleja toda impureza y proclama: Es bueno para el hombre abstenerse de mujer (1 Co 7, 1).

6. Usan el manto (melota) porque llevan en sus cuerpos, en todo tiempo, la muerte de Jesús (2 Co 4,10); porque reprimen las pasiones irracionales del cuerpo y extirpan los vicios del alma por medio de su comunión con Dios; porque aman la pobreza y se apartan de la avaricia que es madre de la idolatría (cf. Col 3,5; 1 Co 10,14; Ef 5,5).

7. El bastón es "un árbol de vida para todos aquellos que lo poseen, un firme sostén para los que se apoyan en él como en el Señor” (cf. 2 Re 4, 29).

8. El hábito del monje es un símbolo de todas estas realidades que hemos descripto. Cuando los Padres le confieren el hábito a los monjes jóvenes suelen decirles: "Hijos, el temor de Dios afianza la fe; aquel, a su vez, se afianza por medio de la continencia. La paciencia y la esperanza le confieren solidez a esta última, y de la paciencia y la esperanza nace el dominio de sí. El dominio de sí engendra la caridad; y la caridad es la puerta del conocimiento del universo creado, al que siguen la teología y, finalmente, la beatitud”.

9. Por el momento no decimos nada más sobre el santo hábito y sobre la enseñanza de los ancianos. Ahora vamos a exponer lo referente a la vida ascética y a la vida contemplativa; no vamos a tratar de todo lo que hemos visto y oído, sino solamente de aquello que hemos aprendido de los Padres para comunicárselos a otros. Hemos condensado y distribuido lo referente a la vida ascética en cien capítulos, y la enseñanza sobre la vida contemplativa en cincuenta y además en otros seiscientos capítulos. Ciertas cosas las hemos velado, otras las hemos obscurecido, para no "dar a los perros lo que es santo y no arrojar perlas a los cerdos” (Mt 7, 6). Pero todo resultará claro para quienes transitan por el mismo camino que los Padres.

0
0
0
s2smodern