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Sobre los ocho pensamientos

6. Ocho son en total los principales pensamientos que comprenden a todos los demás: el primero es el de la gula, luego viene el de la fornicación, el tercero es el de la avaricia, el cuarto el de la tristeza, el quinto el de la cólera, el sexto el de la acedia, el séptimo el de la vanagloria y el octavo el del orgullo. Que estos pensamientos inquieten o no el alma, no depende de nosotros, pero que se instalen o no, que susciten o no las pasiones, he ahí lo que depende de nosotros.

7. El pensamiento de la gula le sugiere al monje el inmediato abandono de su ascesis, le hace pensar en su estómago, su hígado, su bazo, la hidropesía, una larga enfermedad, la carencia de lo necesario y la falta de un médico. A menudo le hace recordar a ciertos hermanos que han padecido estos males. Llega hasta el punto de incitar a esos enfermo para que visiten a aquellos que viven en la abstinencia y les cuenten sus dolencias, pretendiendo haber llegado a ese estado por causa de la ascesis.

8. El demonio de la fornicación empuja a desear los cuerpos variados. Ataca violentamente a los que viven en la continencia para que la abandonen, persuadidos de que no ganan nada practicándola. Deshonrando el alma la inclina, hacia acciones vergonzosas, le hace decir ciertas palabras y oír las respuestas, y todo como si el objeto estuviera presente y visible.

9. La avaricia sugiere (al monje) una larga ancianidad, la incapacidad de las manos para el trabajo, el hambre que seguramente vendrá, las enfermedades que lo aquejarán, las amarguras de la pobreza y la vergüenza de tener que recibir de los otros lo necesario para vivir.

10. La tristeza algunas veces surge a causa de la frustración de los deseos, otras veces es una consecuencia de la cólera. Cuando surge a causa de la frustración de los deseos se presenta así: ciertos pensamientos conducen al alma a recadar el hogar, los parientes y la vida de otros tiempos. Cuando estos pensamientos ven que el alma, lejos de rechazarlos se pone a seguirlos y se alegra interiormente en tales placeres, entonces, se apoderan de ella y la sumergen en la tristeza, mostrándole que las cosas de otros tiempos ya no existen y no son posibles a causa del actual modo de vida. Y la pobre alma, cuanto más se había alegrado con los primeros pensamientos, tanto más es abatida y humillada por los segundos.

11. La pasión más vehemente es la cólera. La definen, en efecto, como un arrebato de la parte irascible del alma y un movimiento contra aquel que nos ha perjudicado o nos parece que lo ha hecho. Exaspera el alma por todo el día, pero especialmente durante las oraciones, apoderándose del espíritu y representándole el rostro de aquel que la ha perturbado. En algunas ocasiones, cuando se prolonga y se transforma en resentimiento, provoca -por la noche sensaciones tales como debilitamiento del cuerpo, palidez, asaltos de bestias venenosas. Estos cuatro signos, que siguen al resentimiento, se los puede encontrar acompañados de numerosos pensamientos.

12. El demonio de la acedia, también llamado «demonio del mediodía» (Sal 90, 6), es el más pesado de todos. Ataca al monje hacia la hora cuarta y acosa el alma hasta la hora octava. Al principio, hace que el sol parezca moverse lentamente, como si estuviese casi inmóvil, el día parece tener cincuenta horas. Después lo obliga a mantener los ojos fijos sobre las ventanas, a odiar su celda, a observar el sol para ver si falta mucho para la hora de nona y a mirar para aquí y para allí si alguno de los hermanos.. Le inspira aversión por el lugar donde habita, por su mismo modo de vida, por el trabajo manual y, al final, le sugiere la idea de que la caridad ha desaparecido entre los hermanos y que no hay ninguna persona para consolarlo (cf. Lm 1,2; 9,16-17. 21). Sí sucede que en esos días alguien lo ha perjudicado, el demonio se sirve de ese hecho para aumentar su odio. Este demonio lo impulsa entonces a desear otros lugares, donde podría encontrar todo lo que necesita y ejercer un oficio menos penoso que le reporte mejores beneficios. Llega hasta sugerirle que agradar al Señor no es asunto de lugares. A Dios se lo puede adorar en todas partes (cf. Jn 4,21-24). Añade a esto el recuerdo de sus parientes y de su vida anterior, le muestra qué larga es nuestra existencia, poniendo delante de sus ojos las fatigas de la ascesis. Usa todas sus armas para que el monje abandone su celda y huya del combate. Este demonio, una vez derrotado, no es seguido inmediatamente por ningún otro, un estado apacible y un gozo inefable (cf. 1 P1,8) le suceden en el alma después de la lucha.

13. El pensamiento de la vanagloria es muy sutil y se disimula fácilmente en los que practican la virtud, desean publicar sus luchas e intentan alcanzar la gloria que viene de los hombres (cf. 1 Ts 2,6). Ella les hace imaginar demonios que dan alaridos, mujeres curadas, multitudes que desean tocar su manto (cf. Mc 5,27). También les predice que a partir de hoy serán sacerdotes, hace aparecer en la puerta gente que viene a buscarlos y que, si se resisten, los llevarán atados. Cuando la vanagloria los ha hecho exaltarse de esta forma con esperanzas vanas, desaparece y los abandona a las tentaciones del demonio del orgullo o de la tristeza, que introduce en ellos pensamientos contrarios a sus esperanzas. A veces la vanagloria entrega al demonio de la fornicación, al que un-momento antes- era todo un santo sacerdote a quien llevaban atado.

14. El demonio del orgullo es el que conduce el alma a la falta más grave. Le incita a negar el auxilio de Dios y a creer que ella misma es la causa de sus buena acciones. Además, comienza a mirar con desprecio a los hermanos considerándolo como tontos porque no tienen la misma opinión que él. A este demonio le siguen la cólera, la tristeza y el último de todos los males: la turbación del espíritu (cf. Dt 28,28), la locura, la visión de una multitud de demonios en el aire.

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