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Contra los ocho pensamientos

15. Cuando el espíritu vagabundea, la lectura, las vigilias y la oración lo estabilizan. Cuando la concupiscencia está excitada, el hambre, la austeridad y la soledad la aplacan. Cuando el irascible está agitado, la salmodia, la paciencia y la misericordia lo calman. Estas prácticas deben realizarse en el momento y en la medida conveniente porque lo que se hace sin moderación e inoportunamente dura poco, y lo que dura poco es más perjudicial que útil.

16. Cuando nuestra alma desea alimentos variados, que reduzca su ración de agua, para que se sienta agradecida aún por un simple bocado de pan. Porque la saciedad desea alimentos de todas clases, mientras que el hambre considera el pan como un supremo gozo.

17. El uso moderado del agua contribuye mucho a la temperancia. Esto lo aprendieron muy bien los trescientos Israelitas que acompañando a Gedeon se apoderaron de Madián(cf. Jo 7,5-7)

19. El que huye de todos los placeres del mundo es una fortaleza inexpugnable contra los asaltos del demonio de la tristeza. La tristeza, en efecto, es la frustración de un placer sensible presente o esperado. Es imposible resistir a este memigo si tenemos un amor desordenado hacia tal o cual de los bienes terrenos, porque entonces el demonio tiende sus redes precisamente allí donde ve que se dirige nuestra inclinación.

20. Si la cólera y el odio acrecientan la irascibilidad, la compasión y la bondad disminuyen aun aquella que existe.

21. “Que el sol no se ponga sobre nuestra irritación” (Ef 4,26), por temor de que los demonios, apareciendo por la noche, siembren el terror en el alma y dejen al espíritu acobardado para el combate del día siguiente. En efecto, las visiones aterradoras nacen de la turbación de la parte irascible, y nada empuja tanto al espíritu a desertar como la parte irascible cuando está turbada.

22. Cuando, habiendo conseguido un pretexto, la parte irascible de nuestra alma está profundamente turbada, en ese preciso momento los demonios nos sugieren las ventajas de la soledad, para impedirnos terminar con aquello que había provocado nuestra tristeza y así no dejarnos salir de nuestra turbación. Pero cuando la parte concupiscible está muy excitada, entonces, por el contrario, se esfuerzan por hacernos sociables, llamándonos duros y salvajes a fin de que, deseando los cuerpos, tengamos relaciones con ellos. No hay que obedecerlos sino, más bien, hacer lo contrario.

23. No te abandones al pensamiento de la cólera, combatiendo interiormente al que te ha perjudicado; ni al de la fornicación, imaginando continuamente el placer. Porque el primero oscurece el alma y el segundo invita a dejarse dominar por la pasión: en ambos casos tu espíritu es deshonrado. Y como en el momento de la oración recuerdas esas imágenes y no ofreces una oración pura a Dios (cf. Mt 5,24), en ese mismo instante te entregas al demonio de la acedia, que ataca precisamente en tales circunstancias y despedaza el alma del mismo modo que un perro a un cervatillo.

24. La naturaleza de la parte irascible la lleva a combatir los demonios para alcanzar el placer, cualquiera sea este. Por eso los ángeles nos sugieren el placer espiritual y la beatitud que le sigue, para exhortarnos a volver nuestra irascibilidad contra los demonios. Estos por su parte nos empujan hacia los placeres del mundo (cf. Tit 2, 12) y fuerzan a la parte irascible, actuando contra su naturaleza, a combatir contra los hombres, para que el espíritu sea oscurecido y, abandonando el conocimiento, se transforme en un traidor de la virtud.

25. Guárdate (cf. Deut 15) de ser tú la causa de que un hermano se vaya porque lo irritaron; no escaparás en toda tu vida al demonio de la tristeza, que te sería siempe un obstáculo en el tiempo de la oración,

26. Los regalos apaciguan el rencor (cf. Prov 21, 14), tal fue el caso de Jacob que por medio de regalos tranquilizó a Esaú que marchaba a su encuentro con cuatrocientos hombres (cf. Gen 32, 7). Pero nosotros que somos pobres, reemplacemos nuestra indigencia con la hospitalidad.

27. Cuando nos enfrentamos con el demonio de la acedia dividamos, con lágrimas, el alma en dos partes: una que consuela y otra que es consolada. Y, sembrando en nosotros buenos deseos, pronunciemos con el santo David estas palabras: “¿Por qué estás triste alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios que volverás a alabarlo, salud de mi rostro y Dios mío” (Ps 41,6).

28. En el tiempo de las tentaciones es necesario no abandonar la celda, por más valederos que sean los pretextos que se nos ocurran. Por el contrario, hay que permanecer sentado en el interior de la celda, ser perseverante y recibir con coraje a los asaltantes, a todos, pero especialmente al demonio de la acedia que como es el más pesado de todos, prueba el alma en grado sumo. Porque huir de tales luchas y evitarlas torna inhábil, cobarde y traidor al espíritu.

29. He aquí lo que decía nuestro muy santo y experimentado maestro: “Es necesario que el monje esté siempre preparado, como si debiera morir mañana (cf. 1 Cor 15, 31) y, al mismo tiempo, use su cuerpo como si tuviera que vivir con él largos años. Esto-agregaba nuestro maestro- aleja los pensamientos de la acedia y hace más diligente al monje; asimismo mantiene a salvo el cuerpo y conserva intacta la continencia."

30. Es difícil escapar al pensamiento de la vanagloria porque lo que haces para librarte se te transforma en una nueva forma de vanagloria. No siempre son los demonios quienes se oponen a nuestros pensamientos buenos, sino que a veces los que se nos enfrentan son los vicios que tenemos.

31. Yo he observado que el demonio de la vanagloria es expulsado por casi todos los demonios, pero cuando caen los que la expulsan, entonces se aproxima abiertamente y expone ante los ojos del monje la grandeza de sus virtudes.

32. Aquel que ha alcanzado el conocimiento contemplativo y ha gustado el placer que procura, ya no se dejará engañar por el demonio de la vanagloria, aunque le proponga todos los placeres del mundo. En efecto, ¿qué podrá prometer que sea más grande que la contemplación espiritual? Pero mientras no hayamos gustado de ese conocimiento, ejercitémonos ardientemente en la vida ascética mostrándole a Dios que nuestro deseo es hacer todo lo posible para alcanzarlo a Él.

33. Recuerda tu vida de otros tiempos y tus antiguas faltas, cómo estabas sometido a las pasiones, tú que por la misericordia de Cristo has alcanzado el dominio de sí Recuerda también cómo el mundo que has abandonado te había causado numerosas y frecuentes humillaciones. Reflexiona: ¿quién es el que te protege en el desierto, quién aleja los demonios que rechinan los dientes contra ti (cf. Job 16, 10; Ps 34, 16; Hech 7, 54)? Tales pensamientos engendran la humildad e impiden la entrada del demonio del ogullo.

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