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Instrucciones

40. No es posible conformarse en toda ocasión a la regla habitual, sino que hay que tomar en cuenta las diversas circunstancias y esforzarse por cumplir lo mejor posible las prescripciones realizables en esos momentos. Estas circunstancias, en efecto, no se les escapan a los demonios. Por eso se lanzan contra nosotros para apartarnos de lo que es posible hacer y obligarnos a realizar lo que resulta imposible para nosotros. De ese modo impiden que los enfermos den gracias por sus sufrimientos y soporten pacientemente a quienes los sirven; por el contrario, los exhortan a practicar la abstinencia, a pesar de la debilidad en que se hallan, y a salmodiar de pie, aunque no pueden permanecer parados.

41. Cuando estamos obligados a pasar algún tiempo en las ciudades o en los poblados, entonces es el momento propicio para practicar con intensidad la abstinencia. Durante esos días nos encontraremos con laicos y es necesario prevenir a nuestro espíritu para que esté atento y no se deje atrapar. Hay que estar preparados para que en esas circunstancias el espíritu no descuide su ascesis habitual, porque los demonios aprovecharán tal ocasión para apartarnos de nuestras prácticas monásticas.

42. Cuando seas tentado no ores en ese mismo momento, antes bien dirigele algunas palabras cargadas de cólera al que te aflige. Porque mientras tu alma esté perturbada por los pensamientos no podrá orar con pureza. Pero si primero les dices algunas palabras llenas de ira a tus adversarios los confundes y haces desaparecer los pensamientos que te sugerían. Tal es el efecto natural de la cólera, aún tratándose de pensamientos buenos.

43. Es necesario aprender a conocer los diferentes tipos de demonios y saber las circunstancias de sus apariciones. Conoceremos por medio de los pensamientos -y los pensamientos los conoceremos por medio de los objetos cuáles de entre los demonios atacan raramente, cuáles son los más fastidiosos, cuáles son más asiduos, cuáles son los más astutos y cuáles son los que atacan por sorpresa y empujan al espíritu a blasfemar. Esto hay que saberlo pues en el momento en que los pensamientos comienzan a liberar sus propias fuerzas, y antes que seamos conducidos demasiado lejos de nuestro estado propio, es necesario que pronunciemos algunas palabras contra ellos, las más apropiadas para el demonio que se nos presenta. De esa manera progresaremos fácilmente, con la gracia de Dios. En cuanto a los demonios, los haremos retroceder, atemorizados y llenos de admiración por nuestra perspicacia.

44. Cuando en su lucha contra los monjes los demonios se sienten impotentes, entonces se retiran un poco, para observar qué virtud es descudada durante ese tiempo y hacer súbita aparición precisamente por ese lugar. De esa manera destruyen a la pobre alma.

45. Los demonios malvados (cf. Mt 6, 13) hacen venir en su ayuda a los demonios que son más perversos (cf. Lc 11, 26) que ellos, y aunque se oponen los unos a los otros por sus disposiciones, se unen con un solo propósito: la destrucción del alma.

46. No nos dejemos turbar por el demonio que empuja a la inteligencia a blasfemar contra Dios y a imaginar cosas prohibidas, demasiado sórdidas para ser puestas por escrito. No permitamos que ese demonio destruya nuestro trabajo, porque el Señor es “Aquel que conoce los corazones” (Hech 1, 24; cf. Hech, 15, 8) y sabe que ni aun cuando estábamos en el mundo hacíamos semejantes locuras. Este demonio tiene por -meta apartarnos de la oración, alejarnos de la presencia del Señor Dios nuestro, e impedirnos levantar las manos para suplicar a Aquel contra el que hemos contado semejantes pensamientos.

47. Los movimientos del alma se manifiestan en una palabra o en un movimiento del cuerpo. A través de esos signos los enemigos perciben si tenemos sus mismos pensamientos y los alimentamos en nuestro interior, o si por el contrario los hemos abandonado para ocuparnos únicamente de nuestra salvación. Porque sólo Dios, que nos ha creado, conoce nuestros espíritus. Él no tiene necesidad de signos para conocer lo que está oculto en el corazón.

48. Contra los seglares los demonios luchan valiéndose preferentemente de las preocupaciones materiales (o de las cosas sensbles). En cambio, contra los monjes, a los que habitualmente les faltan tales preocupaciones en el desierto, esgrimen los pensamientos. Para ellos es más fácil pecar interiormente (de pensamiento) que con acciones, por eso la guerra interior (contra el pensamiento) es más difícil que la que se libra contra los objetos y las preocupaciones. En efecto, es fácil mover la voluntad, pero es difícil retenerla en la pendiente de las imaginaciones prohibidas.

49. No se nos ha mandado trabajar, velar y ayunar constantemente, mientras que sí tenemos obligación de "orar sin cesar” (1 Tes 5, 17). Porque aquellas cosas que curan la parte de nuestra alma turbada por las pasiones, tienen necesidad de nuestro cuerpo para ser realizadas, pero éste a causa de la debilidad que le es inherente no puede soportar tales fatigas. Por el contrario, la oración fortifica y purifica el espíritu para el combate, pues el espíritu está por naturaleza destinado a la oración -aún sin el cuerpo y al combate, en favor de las otras facultades del alma.

50. Si un monje quiere tener un conocimiento de los demonios más crueles y familiarizarse con sus estrategias para adquirir experiencia en su arte monástico, debe observar sus propios pensamientos. También debe aprender a conocer la intensidad de sus pensamientos, sus períodos de declinación, sus subidas y sus caídas, su complejidad, su periodicidad, cuáles demonios hacen esto o aquello, cuál demonio sigue a tal otro, el orden de su sucesión y la naturaleza de sus asociaciones. Que se pregunte desde Cristo por las razones de estas cosas que ha observado. Porque los demonios no pueden soportar a los que practican la virtud activa con inteligencia, pues están deseosos de "arrojar a las tinieblas a los que tienen el corazón recto” (Ps 10, 2).

51. Observa atentamente y descubrirás que entre los demonios dos son más rápidos y superan en un instante el movimiento de nuestro pensamiento: el demonio de la fornicación y el que nos incita a blasfemar contra Dios. El segundo dura poco, y el primero, si los pensamientos que provoca no están cargados de pasión, no nos impedirá llegar a la contemplación de Dios.

52. Separar el cuerpo del alma es privilegio sólo de Aquel que los ha unido (cf. Mt 19, 6; Mc 10, 9), pero separar el alma del cuerpo corresponde a aquel que tiende hacia la virtud. Nuestros Padres, en efecto, definen la anacoresis como meditación de la muerte y huida del cuerpo.

53. Aquellos que se preocupan por alimentar demasiado bien su cuerpo y que cuidando de él excitan sus deseos (Rm 13, 14), que no acusen a su cuerpo sino a sí mismos. Porque los que se han servido correctamente del cuerpo han alcanzado la pureza del corazón y perciben -en cierta medida- la contemplación de los seres creado.

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