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Sobre los signos del dominio de sí

63. Cuando el espíritu comienza a orar sin distracción, entonces toda la lucha se entabla -tanto de noche como de día- en torno a la parte irascible del alma.

64. Es una prueba del dominio de sí, que el espíritu comience a ver su propia luz, que permanezca tranquilo ante las visiones nocturnas y que permanezca sereno frente sereno frente a las preocupaciones de la vida.

65. El espíritu que está sano es aquel que en el tiempo de la oración no piensa en ninguna de las cosas de este mundo.

66. El espíritu que con la ayuda de Dios ha llevado a buen término la vida ascética y está cerca del conocimiento contemplativo no siente más-o al menos en muy escasa medida la parte irracional del alma. En efecto, este conocimiento eleva a las alturas el espíritu y lo aparta de las cosas sensibles.

67. El alma que posee el dominio de sí es aquella que no sólo no se turba frente a los acontecimientos, sino que también permanece inconmovible frente a los recuerdos.

68. El perfecto no trabaja para permanecer en incontinencia, como tampoco trabaja para ser paciente el que ha alcanzado el dominio de sí porque la paciencia es la virtud de aquel que aún está sometido a las pasiones, y la continencia es preocupación de quien todavía experimenta impulsos perturbadores.

69. Es una gran cosa rezar sin distracciones, pero es una cosa más grande aún salmodiar sin distracción.

70. Aquel hombre que ha establecido en sí mismo las virtudes y está totalmente identificado con ellas no se acuerda más de la ley, ni de los mandamientos, ni del castigo, sino que hace y dice todo lo que le dicta el excelente estado en el que se encuentra.

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