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Consideraciones prácticas

71. Los cantos de los demonios incitan nuestro deseo y sumergen el alma imaginaciones vergonzosas. Pero “los salmos, los himnos y los cánticos espirituales (Ef 5, 19) invitan al espíritu a recordar constantemente la virtud, aplacando nuestra ardiente cólera y apagando nuestros malos deseos.

72. Es un hecho el que los luchadores golpeen y sean golpeados en el combate. Ahora bien, si los demonios luchan contra nosotros, algunas veces ellos nos golpean a nosotros, y otras veces nosotros los golpearemos a ellos. “Yo los derribaré, he escrito, y no podrán levantarse” (Ps 17, 39). Y también: “Aquellos que me empujan y son mis enemigos, ved que a su vez han cedido y han caído” (Ps 26,2).

73. El reposo está unido a la sabiduría y el trabajo a la prudencia. Porque no es posible adquirir la sabiduría sin combatir y no se puede llevar a buen término el combate sin la prudencia. A la prudencia se le ha confiado la msión de combatir contra la furia de los demonios, forzando las potencias del alma a obrar según naturaleza y preparar así el camino para la sabiduría.

74. La tentación es lo característico del monje, que suele ser tentado por pensamientos que obscurecen su inteligencia, y que nacen en la parte del alma en la que tiene su sede la pasión.

75. El pecado del monje es el consentimiento dado al placer prohibido que propone el pensamiento.

76. Los ángeles se alegran cuando el mal disminuye, los demonios cuando disminuye la virtud. Los primeros, en efecto, están al servicio de la misericordia y la caridad. Los demonios, en cambio, están al servicio de la cólera y el odio. Los primeros cuando se nos acercan nos colman con la contemplación espiritual. Mientras que los demonios al acercarse nos inspiran pensamientos vergonzosos.

77. Las virtudes no ponen fin a los asaltos de los demonios, pero nos mantienen indemnes.

78. La vida ascética es el método espiritual que purifica la parte del alma en que residen las pasiones.

79. La acción de los mandamientos no es suficiente para curar perfectamente las potencias del alma, debe ser completada con una actividad contemplativa apropiada para esas facultades del alma y que sea capaz de penetrar en el espíritu.

80. No es posible oponerse a todos los pensamientos que nos inspiran los ángeles, pero sí es posible resistir a todos los pensamientos que nos sugieren los demonios. Los primeros pensamientos son seguidos de un estado apacible, los segundos de un estado de turbulencia de nuestra inteligencia.

81. La caridad es hija del dominio de sí, el dominio de sí es la flor de la ascesis; la ascesis se apoya en la observancia de los mandamientos. El guardián de estos mandamientos es el temor de Dios, que es el resultado de la fe recta, y la fe es un bien interior que existe naturalmente aun en aquellos que no creen en Dios.

82. Del mismo modo que el alma cuando actúa a través del cuerpo puede percibir qué miembros están enfermos, el espíritu al ejercer su actividad propia aprende a conocer sus potencias y puede descubrir los impedimentos que obstaculizan su libertad.

83. Mientras el espíritu está en guerra contra las pasiones no puede contemplar las razones profundas de la guerra, porque se asemeja al que combate en la obscuridad de la noche; pero cuando haya adquirido el dominio de sí reconocerá fácilmente las maniobras de los demonios (cf. Ef 6, 1 1).

El fin de la vida ascética es la caridad, el del conocimiento contemplativo, la teología. El principio de la primera es la fe, el de éste es la contemplación de la naturaleza. Los demonios que atacan la parte del alma en que residen las pasiones habitualmente se dice que se oponen a la vida ascética; mientras que a los que acosan la parte racional del alma se los llama enemigos de toda verdad y adversarios de la contemplación.

85. Los medios con los que se purifica el cuerpo no permanecen en el cuerpo del paciente una vez concluida la purificación. En cambio las virtudes purifican el alma y permanecen en el hombre que ha sido purificado.

86. El alma razonable obra según la naturaleza cuando su parte concupiscible tiende hacia la virtud, su parte irascible lucha por obtenerla y su parte racional se aplica a la contemplación de los seres creados.

87. Las cosas, según como se las use, son buenas o malas, y producen vicios si se las usa mal y virtudes si se las utiliza bien. Y la prudencia es la virtud que emplea estas cosas para lo uno o lo otro.

88. Es un hecho que el alma razonable es tripartita, según la enseñanza de nuestro sabio maestro. Por eso cuando la virtud se encuentra en la parte racional del alma se la llama prudencia, entendimiento y sabiduría. Cuando está en la parte concupiscible se la llama temperancia, caridad y continencia. Cuando está en la parte irascible se la llama coraje y perseverancia. Y cuando está en toda el alma, justicia. El papel de la prudencia es dirigir los combates contra las potencias enemigas, protegiendo las virtudes, organizando defensas contra los vicios y determinando lo que, en ciertas circunstancias, puede se neutro. La función del entendimiento es organizar armoniosamente todo aquello que contribuye a alcanzar nuestra meta. El papel de la sabiduría es dirigir la contemplación de los seres corporales e incorpóreos. El de la temperancia es observar, libre de toda pasión, los objetos que en nosotros provocan imágenes contrarias a la razón. El de la caridad es comportarse frente a toda imagen de Dios del mismo modo que frente al Modelo, aun cuando los demonios intenten deshonrar esa imagen. El de la abstinencia es desechar con alegría todos los placeres del paladar. No temer a los enemigos y mantenerse valientemente firme frente a los peligros es tarea de la perseverancia y del coraje.

89. En cuanto a la justicia, su función es crear una suerte de armonización entre las diversas partes del alma.

90. E1 fruto de las siembras son las gavillas, el de las virtudes, el conocimiento. Y así como los trabajos de la siembra se realizan entre lágrimas, los de la cosecha se llevan a cabo en la alegría (cf. Ps 125 5-6).

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