Pocas cosas son tan deliciosas de leer como las colaciones de Casiano. Vivió a finales del siglo IV y principios del V y fue abad en Marsella. Amigo de los anacoretas de Egipto, en esta colación (una especie de conversación espiritual) explica de modo magistral qué es el discernimiento espiritual y enseña como adquirirlo. Quienes conzcan las reglas deprimera semana de los ejercicios espirituales de san Ignacio, reconocerán en este escrito algunas cosas que allí aparecen. También aparecen aquí reglas para el comer.....

SEGUNDA CONFERENCIA DEL ABAD MOISES

DE LA DISCRECION

CUÁN PROVECHOSA ES AL MONJE LA DISCRECIÓN

I. Después de consagrar al sueño las horas de la madrugada, vimos, por fin, con gozo, apuntar las primeras claridades del día. Y no bien solicitamos la conferencia prometida, el santo abad Moisés empezó, diciendo: «Al ver el ardor que os anima, dudo que incluso los breves instantes que he querido cercenar a nuestra conversación espiritual para dedicarlos al des­canso, hayan sido, en realidad, de solaz para vuestro cuerpo. Mas al considerar ese mismo fervor vuestro, siento mayor responsabilidad so­bre mí. No sería justo que demorara yo la promesa, viendo que me lo pedís con tanto afán. Lo dice la sentencia de la Escritura: «Cuando te sentares a la mesa de un príncipe, repara con (p.86) atención lo que te ponen delante, y aplica tu mano a tu garganta pensando que tendrás que aparejar un festín semejante»[51] .

Vamos a hablar de la virtud de la discreción v de su eficacia. Este era el tema que empeza­mos a tratar esta noche y que dejamos hilva­nado al poner fin a nuestra conversación. Ante todo creo oportuno encarecer su excelencia por los testimonios de los Padres. Conocido su pen­samiento y la opinión que de ella tuvieron, ci­taré el ejemplo de muchos solitarios, cuya la­mentable caída, ocurrida antaño o recientemente, no tuvo otra causa que el no haber adquirido antes esta virtud. De este modo podremos des­pués más fácilmente, persuadidos como estamos de su importancia, instruirnos con más fruto sobre la manera de tender a ella y consolidarnos en su posesión.

Porque la discreción no es una virtud cual­quiera que pueda alcanzarse con solas las fuerzas humanas. No podemos adquirirla sin el don y la gracia divinos. De ahí que el Apóstol la enu­mere entre los dones más nobles del Espíritu Santo: «A uno le es dada por el Espíritu la palabra de sabiduría; a otro, la palabra de cien­cia, según el mismo Espíritu; a otro, fe en el mismo Espíritu; a otro, don de curaciones en el mismo Espíritu». Y poco después: “A otro, la discreción de espiritus» [52].En fin, al terminar la lista de los carismas espirituales, añade: «To­das estas cosas las obra el único y mismo Es­píritu, que distribuye a cada uno según quie­re»‘.

Ya veis, pues, cómo la discreción no es un don terreno o de relativa importancia, sino un gran premio de la gracia divina. Si el monje no pone todo su empeño para alcanzarla y dis­cernir con su ayuda los espíritus que penetran por las puertas de su alma, se seguirá una con­secuencia fatal: como un hombre que camina a tientas en una noche cerrada, envuelto en ti­nieblas, será víctima de los lazos que le tiende el enemigo y de los precipicios que se abren a su paso. Incluso en caminos llanos y derechos, tropezará su pie con harta frecuencia.

II. Recuerdo que hallándome, cuando niño, en la Tebaida, donde moraba el bienaventurado Antonio, los antiguos monjes venían a porfía a visitarle para hablar con él sobre temas de per­fección.

La conferencia se prolongó un día desde la hora de vísperas hasta la madrugada, y el punto que nos ocupa se trató allí durante la mayor parte de la noche. Por largo tiempo anduvieron preguntando qué virtud o qué observancia puede (p, 88) siempre mantener al monje al abrigo de las asechanzas e ilusiones diabólicas, v llevarle con seguridad y sin tropiezo hasta las cumbres de la perfección. Cada uno daba su parecer según sus propios alcances. Unos lo hacían consistir todo en la práctica de ayunos y vigilias, ya que el alma, espiritualizada por ellos y reinando so­bre un corazón y una carne ya purificados, pue­de unirse más estrechamente a Dios. Otros eran de opinión que consistía en el menosprecio de todas las cosas, porque si el alma logra despo­jarse enteramente de ellas, libre en adelante de todo afecta, se halla más expedita para llegar a Dios. Quiénes, en cambio, juzgaban necesaria la vida anacorética, es decir, el retiro y la soledad del desierto, en donde la conversación con Dios se hace más familiar, y la unión, más íntima. Algunos, finalmente, se inclinaban por la prác­tica de la caridad, o sea, por los deberes de mutua hospitalidad, porque a los que la prac­tican ha prometido Dios más especialmente en el Evangelio el reino de Dios: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Por­que tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber»[53]; y lo que sigue.

De esta suerte, cada cual dio su preferencia a virtudes distintas, poniendo de relieve una en­tre todas corno más conducente para unir el (p. 89) alma con Dios. Había ya transcurrido gran parte de la noche en estos razonamientos. Por fin, el bienaventurado Antonio tomó la palabra, y dijo: «Todas las prácticas a que, os habéis referido son ciertamente útiles y necesarias para quien tiene sed de Dios y desea llegar a El. Pero las deplorables experiencias y las defecciones sin número que hemos conocido de tantos solitarios, no nos permiten, en modo alguno, darles un valor exclusivo. ¡A cuántos de ellos vimos en­tregarse a los ayunos y vigilias más rigurosos; excitar la admiración ajena por su amor a la so­ledad; abrazarse a un despojamiento tan abso­luto, que no se atrevían a reservarse el alimento un solo día, ni quedarse con un solo denario, y llenar con toda solicitud los deberes de la hos­pitalidad! Y sin embargo de ello, les vimos caer de pronto en la ilusión. Y es que no supieron coronar la obra comenzada. Todo su fervor y toda su vida, digna por otra parte de elogio, vinieron al traste, teniendo un fin desgraciado.

»Pero podremos reconocer con claridad la vir­tud más eficaz para conducirnos a Dios si mi­ramos atentamente la causa de su ilusión y su ruina. Ahora bien, es innegable que las obras de virtud a que os habéis referido sobreabundaban en aquéllos. Sólo la ausencia de la discreción hizo que no pudieran perseverar hasta el fin. No vemos, en efecto, otra razón de ser de su caída que el hecho de no haber querido formarse se­gún el dictamen de los ancianos para adquirir (p. 90) esta virtud esencial. La discreción, manteniéndose igualmente alejada de los dos extremos contrarios, enseña al monje a caminar por una senda real, y no le permite apartarse ni a la derecha, en pos de una virtud orgullosa y un fervor exagerado que rebasan los límites de la justa templanza, ni a izquierda, tras de la relajación y el vicio, so pre­texto de mirar excesivamente por la salud del cuerpo, en una perezosa y mortal desidia.»

Esta es la prudencia a la que llama el Salva­dor en el Evangelio el ojo y la lámpara del cuer­po: «La lámpara de tu cuerpo es el ojo. Si, pues, tu ojo estuviere sano, todo tu cuerpo estará lumi­noso; pero si tu ojo estuviere enfermo, todo tu cuerpo estará en tinieblas»[54]6. Ella discierne, en efecto, todos los pensamientos del hombre y sus actos, examinando y viendo en la luz lo que debemos hacer. Si este ojo interior es malo, es decir, si estamos desprovistos de ciencia o de un criterio seguro, y nos dejamos engañar por el error y la suficiencia, todo nuestro cuerpo será tenebroso. En otras palabras: todo en nosotros, inteligencia y acción, quedará como envuelto en la oscuridad más incierta, porque el vicio es ciego y la pasión es madre de tinieblas. «Si lo que debe ser luz en ti-dice todavía el Señor-es tinieblas, ¡las mismas tinieblas cuán grandes se­rán!»’ Es indudable que si tenemos un criterio falso y andamos a ciegas en la noche de la ignorancia, también nuestros pensamientos y nuestros actos, que derivan de ellos como de su fuente, estarán envueltos con las tinieblas del pecado.

TESTIMONIOS DE LA ESCRITURA SOBRE LA VIRTUD DE LA DISCRECIÓN

III. Tal ocurrió al rey Saúl, quien, por or­den de Dios, obtuvo el primero la realeza en Israel. Porque carecía de este ojo de la discre­ción, y tenía, por decirlo así, todo su cuerpo tenebroso, acabó por ser arrojado del trono. Su «lámpara» no era más que una fuente de tinie­blas y un foco de errores deplorables: par eso, en lugar de alumbrarle, le ofuscó totalmente. Creyó que sus sacrificios eran más agradables a Dios que la obediencia que debía prestar a Samuel, y encontró la desgracia allí donde pen­saba hallar el medio para hacerse propicia la majestad divina 8.

Así también, el no conocer la discreción llevó a Acab, rey de Israel, después de la victoria conseguida por el favor divino, a creer que la misericordia vale más que la severa ejecución de una orden divina, a su parecer demasiado cruel. Este pensamiento le ablanda el corazón; templa con la clemencia el poder de la victoria y evita la efusión de sangre. Pero su piedad in­discreta le entrega enteramente a las tinieblas, condenándole a una muerte irrevocable 9.

IV. No sólo llama el Apóstol a la discreción lámpara de nuestro cuerpo, sino que la designa también con el nombre de sol, según aquello: «El sol no se ponga sobre vuestra iracundia» 1°. También se dice de ella que es el gobernalle de nuestra vida: «Quienes no tienen dirección, caen como hojas» 11. Se la llama asimismo, con razón, el consejo, Sin el cual nos prohíbe la Es­critura hacer nada absolutamente, hasta el punto de que, incluso al beber el vino espiritual, «que alegra el corazón del hombre» 12, quiere que lo hagamos con la mesura de la discreción: «Hazlo todo con consejo, con consejo bebe el vino» 18. Y en otro lugar: «Coma ciudad destruida en sus muros y sin defensa, así es el hombre que obra sin consejo» .Este último texto nos dice cla­ramente en el símil que nos ofrece, hasta qué punto resulta perjudicial al monje la falta de esta prudencia, puesto que se le compara a una ciudad devastada y sin murallas.

En ella radican la sabiduría, la inteligencia y el juicio, sin los cuales nos será imposible edi­ficar nuestra morada interior y amontonar las riquezas espirituales, según aquellas palabras: «Con la sabiduría se edifica la casa, y con la prudencia se consolida; con la ciencia se hinchen sus despensas de toda lo más preciado y delei­toso» 15. Ella es el alimento sólido y sustancial reservado únicamente a los hombres hechos y ro­bustos: «El manjar sólido es para los perfectos, los que, en virtud de la costumbre, tienen los sentidos ejercitados en discernir lo bueno de lo malo» 16. Tan necesaria es y de tal precio, que la compara la Escritura a la palabra y poder del mismo Dios. Lo dice San Pablo: «La palabra de Dios es viva, eficaz y tajante, más que una espada de dos filos, y penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta las coyunturas y la medula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» 17. De todos estos pa­sajes se desprende claramente que sin la gracia de la discreción no puede la virtud ser estable ni perfeccionarse.

Por todo lo que antecede, decidieron de común acuerdo el santo abad Antonio y todos los que habían ido a verle, que la discreción es lo que conduce al monje con paso firme y sin vacilación hacia Dios, y conserva para siempre intactas las  mismas virtudes a que se habían referido. Pues, gracias a ella, se sube con menos fatiga la cuesta arriba de la perfección, a donde, sin su concurso, muchos no hubiesen podido llegar a pesar de sus continuos esfuerzos. En consecuencia, quedó confirmado que la discreción es la madre, guarda y moderadora de todas las virtudes.

 CAÍDAS DE ALGUNOS MONJES POR FALTA DE DISCRECIÓN

V.       Y para cumplir mi promesa de confirmar con ejemplos recientes la doctrina aprobada ya de antiguo por San Antonio y los otros Padres, acordaos de lo que no ha mucho visteis con vues­tros propios ojos: cómo el anciano Herón fué víctima de una ilusión diabólica y precipitado de un estado de gran penitencia hasta el más profundo abismo. El había permanecido cin­cuenta años en este desierto-lo recuerdo per­fectamente-, conservando de continuo una fi­delidad a toda prueba, y había amado como nadie el retiro de la soledad con un fervor ad­mirable. ¿Cómo, -pues, sufridas tantas penalida­des, pudo él dejarse alucinar por el tentador y tener esta grave caída, que nos ha llenado a todos en el desierto de profundo dolor? ¿No fue eso debido a que, falto de discreción, prefirió guiarse por su propio juicio antes que seguir los consejos y prácticas de sus hermanos y obedecer a las reglas de nuestros Padres?

Siendo joven se había forjado una ley tan rígida y absoluta, mostrándose tan celoso de su soledad y del retiro de su celda, que ni siquiera la solemnidad de la Pascua pudo jamás conse­guir de él que compartiera la comida de sus her­manos. Año tras año,.esta festividad les congre­gaba a todos en la iglesia; sólo faltaba él. Y ello por temor a que no pareciera que, tomando con ellos ciertas legumbres durante la comida, se relajaba un tanto en el ideal de abstinencia que había abrazado.

Este orgullo fue el lazo en que cayó prendido. Porque engañado con tal presunción, dio acogida al ángel de Satanás cual si fuera un ángel de luz, y hospedóle con la más profunda veneración. Y, poniéndose a su servicio, obedecía en todo a sus órdenes. Con esta persuasión se echó de cabeza en un pozo. Tal era su profundidad, que los ojos no podían divisar el fondo desde el bro­cal. Estaba firmemente persuadido de la promesa que le había hecho de que, por el mérito de su virtud y de sus trabajos, saldría en adelante ileso de todo peligro. Quiso saber por experiencia que se hallaba inmunizado contra todo mal. Así, pues, a medianoche se precipitó en el pozo, pen­sando probar el extraordinario mérito de su vida cuando se le viera salir de él sano y salvo. Pero los hermanos tuvieron que sacarle luego a duras penas, estando ya medio muerto. Expiró dos días después.

Lo peor del caso es que se obstinó en su ilusión. Ni siquiera aquella dolorosa experiencia que iba a costarle la vida pudo persuadirle que había sido juguete del demonio. Por eso, los monjes, movidos a compasión, a vista de tantas privaciones y de los largos años pasados en el desierto, no obtuvieron sino con trabajo que el sacerdote y abad Pafnucio 18 no le reputara entre los suicidas, ni fuera juzgado indigno de la me­moria y oblación que suele hacerse por los difun­tos [55]19

VI.        ¿Qué decir de aquellos dos hermanos que habitaban más allá del desierto de la Tebaida, donde en otro tiempo había morado San Anto­nio? Inducidos por un espíritu de temeridad e indiscreción, decidieron no tomar, al cruzar aque­llas vastas soledades, más que el alimento que Dios mismo milagrosamente les ofreciera.

Iban errantes por el desierto, ya medio muer­tos de hambre, cuando los Macices les divisaron a lo lejos. Este pueblo sobrepuja en salvajismo a todas. las tribus bárbaras, pues dicen que es el más sanguinario de todos. No vierten sangre hu­mana por afán de botín, como hacen otros, sino movidosúnicamente por sus feroces instintos.

Contrariamente a su natural salvaje, he aquí que aquellos forajidos les salen al paso provistos de panes que ofrecieron a los solitarios. Uno de éstos, animado de la virtud de la discreción, recibe este alimento corno venido de la mano del Señor, con sentimientos de alegría y acción de gracias. Es realmente una comida servida por el mismo Dios, dice para sus adentros. Y discu­rría bien. Porque ¿cómo explicar, sin un mila­gro del cielo, que estas gentes, sedientas siempre de sangre, den liberalmente con qué sostener sus vidas a hombres casi ya desfallecidos? En cam­bio, el otro rechazó rotundamente aquel manjar ofrecido por mano de hombres, y murió de ham­bre.

Ambos parten de un principio igualmente re­prensible, al pensar que Dios mismo acudirá per­sonalmente en su ayuda. Pero el primero reme­dia con la discreción su yerro, renunciando a su proyecto temerario. El segundo, a la inversa, per­severa en su necia presunción y permanece recal­citrante, cerrándose a toda idea «de prudencia. El mismo se dió la muerte, de que Dios quería librarle. No quiso creer que era milagro de Dios que aquellos salvajes olvidaran por un momento su feroz natural, y que, en vez de matarles al filo de la espada, les ofrecieran sustento.

VIL       ¿Y qué decir de ese otro, cuyo nombre debo silenciar porque todavía vive? Durante mu­cho tiempo el demonio se le aparecía aureolado 7

de una gloria angélica. Deslumbrado por las in­numerables revelaciones que tenía por su medio, le tomó por un mensajero de justicia. Y ello tan­to más cuanto que cada noche iluminaba su celda sin necesidad de encender lámpara alguna.

A la postre, el demonio le ordena inmolar a Dios un hijo que tenía y vivía junto con él en el monasterio, para que con este sacrificio pu­diese asemejarse’ en los merecimientos al patriar­ca Abraham. Le fue tan fácil dejarse engañar, que hubiera perpetrado el parricidio a no ser que el niño hubiera sospechado el crimen que tra­maba. Viendo que afilaba su padre el cuchillo de una manera insólita y disponía unas cuerdas con las que parecía querer atar sus miembros para inmolarle, emprendió, asustado, la fuga.

VIII. Sería prolijo explicar con todos los pormenores el engaño sufrido por este monje bien conocido en Mesopotamia. Era tan rígida su abs­tinencia, que muy pocos en esta provincia se sentían con fuerzas para imitarle. Oculto en su celda, había permanecido fiel a su observancia durante largos años. Pero al fin el diablo le en­gañó lamentablemente por medio de falsos sue­ños y revelaciones. Así, después de tantos traba­jas y ejercicios de virtudes, con que, al parecer, aventajaba a los demás monjes que allí residían, fue resbalando por una pendiente desgraciada, hasta abrazar el judaísmo y la circuncisión.

A principio, y por largo tiempo, no le hizo el diablo más que revelaciones verídicas, aparen­tando ser un verdadero ángel de luz. De este modo, acostumbrándole insensiblemente a ellas, le disponía para que en lo sucesivo le diese crédito en otras falsas y pudiera inducirle más fácil­mente a engaño. Por fin, un día, le mostró, de una parte, al pueblo cristiano y los príncipes de nuestra fe y de nuestra religión, a los apóstoles y a los mártires, a la manera de espectros horri­bles que accionaban entre las tinieblas, con sem­blantes escuálidos y descarnados. De otra parte, al pueblo judío, con Moisés, los patriarcas y los profetas, rebosando de un gozo sin límites y resplandeciendo en una luz deslumbradora. Al mismo tiempo, el seductor le propuso que si que­ría formar parte de los méritos de éstos y gozar de su bienaventuranza se apresurara a recibir cuanto antes la circuncisión.

Ahora bien, ninguno de estos monjes hubiera sucumbido tan tristemente a la ilusión diabóli­ca si se hubieran afanado por adquirir la discre­ción. Tantas caídas y ejemplos deplorables nos hacen ver claramente cuánto importa poseerla para hacer frente a tamaña desgracia.

SOBRE EL MODO DE ADQUIRIR LA VERDADERA DISCRECIÓN

IX. A esto respondió Germán: Con ejem­plos recientes, unidos a la autoridad de los anti­guos, has puesto a plena luz el hecho de que la discreción es en cierta manera la fuente y la raíz de todas las virtudes. Quisiéramos ahora apren­der la manera de adquirirla, y saber reconocer cuándo es de Dios y verdadera, y cuándo falsa y diabólica.

Según la parábola evangélica que has expues­to en tu conferencia precedente, en la que nos aconseja el Señor que seamos como hábiles cam­bistas, desearíamos saber distinguir, al ver la efigie del rey legítimo en una moneda, si está o no legalmente acuñada, y en este último caso, poder rechazarla como de mala ley; y quisié­ramos hacer esto según esa pericia y habilidad que tú has proclamado como la herencia del cambista espiritual, del cambista según el Evan­gelio. Porque, ¿de qué nos serviría conocer la excelencia de la discreción y el valor de esta vir­tud si ignorásemos la manera de buscarla y ha­cernos con ella?

X. A lo que respondió Moisés: La verdade­ra discreción no se adquiere más que a cambio de una verdadera humildad. Y la primera prue­ba de ésta será que todo cuanto uno hace y piensa lo someta al juicio de los ancianos, de suerte que no se fíe para nada de su propio cri­terio, sino que en todas las cosas se conforme a sus decisiones para saber juzgar por bueno o malo lo que ellos hubieren juzgado por tal.

Esta disciplina no solamente le enseñará al principiante a andar derechamente por la senda de la discreción, sino que le hará adquirir una especie de inmunidad frente a los ardides y ase­chanzas del enemigo. En modo alguno podrá caer en la ilusión quien no se deje llevar de su propio criterio; antes bien, hace de los ejemplos de los mayores norma de su vida. Toda la astucia del demonio no prevalecerá contra la ignorancia de este hombre que no sabe encubrir por falsa vergüenza los pensamientos que nacen en su co­razón, sino que se abandona sin más a la sabi­duría de los ancianos, para saber si los debe admitir o rechazar.

No bien se ha manifestado un mal pensamien­to, se desvanece al punto su ponzoña. Incluso an­tes de que la discreción haya dado su juicio so­bre él, reprobándole, la horrible serpiente, a la cual esta declaración ha arrancado de su caverna tenebrosa, sacándole a la luz y poniendo de ma­nifiesto su vergüenza, queda vencida y se bate en retirada. Y es que sus pérfidas sugestiones sólo nos dominan cuando permanecen ocultas en el fondo del corazón.

Pero, para que podáis comprender mejor la verdad y sentido de mis palabras, os contaré un episodio de la vida del abad Serapión 20, que él

20 Este abad parece ser el autor de la Cola­ción V. Célebre por su santidad, se dice haber go­bernado un monasterio de 10.000 monjes. Por lo demás, esta manifestación de los propios pensamientos y tentaciones la recomiendan de consuno los más es­clarecidos maestros de la vida ascética.

mismo solía referir muchas veces a los herma­nos más jóvenes para instrucción de sus almas.

DE LA IMPOTENCIA DE LOS MALOS PENSAMIENTOS UNA VEZ MANIFESTADOS

XI. «No era yo entonces más que un niño -decía-y vivía en compañía del abad Teón. El enemigo hízome tantas violencias, que acabé por contraer la costumbre de que voy a hablaros.

Todos los días, después de la refección de nona que tomaba con el buen anciano, yo robaba un pan[56] 21 y me lo escondía en mi pecho. Al lle­gar la tarde, me lo comía furtivamente, sin ser visto de él. Arraigada poco a poco esta pasión, no fui ya pronto dueño de mí; los hurtos se suce­dían unos a otros.

Sin embargo, cuando después de haber sacia­do mi apetito, entraba en mí mismo, mayor era el tormento que sentía por haber hurtado el pan que el placer que había tenido en comerle. Ale encontraba en una situación parecida a la de los hebreos en otro tiempo, bajo la severa auto­ridad de los ministros de Faraón. Así coma éste les forzaba que hicieran más y más ladrillos, por difícil y penoso que les fuese, así mi pasión me

imponía esta pesada carga a la cual me sentía constreñido, haciéndome sufrir hasta el extremo. La verdad es que me sentía incapaz de sustraer­me a esta cruel tiranía; y, por otra parte, me daba vergüenza el descubrir al santo anciano mis hurtos clandestinos 22. Un día quiso la Providen­cia librarme del yugo de esta servidumbre, y he aquí que vinieron ciertos hermanos a su celda con el deseo de edificarse con sus palabras. Una vez terminada la comida, dio el abad una con­ferencia espiritual.

Para responder a las cuestiones que se le pro­ponían, empezó Teón a hablar del vicio de la gula y de los pensamientos ocultas. Declaró su naturaleza y la cruel tiranía que ejercen en el alma mientras se les pretende encubrir. La fuer­za de sus palabras causó en mí honda impresión. Sentíme compungido, al paso que la voz de la conciencia pregonaba mi falta y me aterrori­zaba. Pensé que si el anciano hablaba de tal suer­te era porque el Señor le había revelado el secreto de mi corazón. Al principio daba gemi­dos, que hacía lo posible. por disimular. Mas des­pués, aumentando la compunción, prorrumpí en sollozos y lágrimas. Extraje de mi seno–cóm­plice y encubridor de mi latrocinio-el pan que, según mi costumbre, había sustraído para comer­lo a ocultas, y lo arrojé en presencia de todos. Postrado en tierra, confesé, pidiendo perdón,  cómo a diario lo comía a hurtadillas. Imploré ane­gado en lágrimas, que rogaran al Señor para que me librara de aquella dura esclavitud.

Entonces dijo el anciano: «Ten confianza, hijo mío. Tu liberación se ha cumplido. Sin decir yo palabra, la confesión que acabas de hacer basta por sí sola. Has triunfado hoy sobre tu adver­sario. Con tu propia acusación le has confundi­do mucho más de lo que te había abatido él a ti con tu silencio. La causa de haberte dominado él hasta ahora fue porque ni tu palabra ni la de otro por ti le opuso la menor resistencia. Por eso le dabas la posibilidad de subyugarte, según aquel pensamiento de Salomón: «Porque la sentencia contra los que hacen el mal no se ejecuta pronta­mente, por, esto el corazón de los hijos de los hombres se llena de deseos de hacer el mal» 23. Pero ahora, al denunciar a tu enemigo y sacarle a plaza, has anulado su poder de inquietarte en lo sucesivo. Esta terrible serpiente no podrá en­contrar en ti acogida para ocultarse de nuevo en tu pecho, pues por tus palabras la has sacado de las tinieblas de tu corazón poniéndola a la luz del día.»

No había terminado aún de hablar el anciano, cuando un tizón encendido salió de mi seno y llenó la celda de un detestable olor de azufre. Era tan intenso, que apenas podíamos permane­cer allí A raíz de esto, el anciano prosiguió su admonición: «He aquí que el Señor te ha dado a entender visiblemente la verdad de mis pala­bras. Ha querido que vieras con tus mismos ojos al autor de esta pasión oculta que has arrojado de tu alma, merced a tu saludable confesión, y reconocieras, ante esta huída manifiesta, que el enemigo, una vez descubierto, no tendrá en ade­lante lugar en ti.»

Decía verdad. Por virtud de mi confesión ha­bía cesado para siempre esta tiranía diabólica. El demonio no intentó siquiera tocar ya en mí el recuerdo de aquella glotonería, y jamás me sentí aguijoneado por el deseo de un hurto se­mejante.

El Eclesiastés expresa felizmente la misma verdad: «Si muerde una serpiente no encanta­da, de nada valen los conjuros del encantador» “. Advierte de esta manera el manifiesto peligro de la mordedura de la serpiente, máxime si inocu­la el veneno de improviso y a escondidas. Si no manifestamos las sugestiones diabólicas al en­cantador, esto es, a un hombre espiritual que sabe encontrar en las palabras mágicas y todo­poderosas de las Escrituras un remedio inmediato y eficaz a estos mordiscos de la serpiente y el medio de extraer del corazón el fatal veneno, no  podrá él socorrernos en el peligro ni defendernos contra la muerte.

El medio de alcanzar fácilmente la ciencia de 24  la verdadera discreción es, pues, seguir siempre las huellas de los ancianos. No tengamos la pre­sunción de innovar nada ni remitirnos a nuestro propio criterio, sino sigamos siempre el camino que nos trazan sus enseñanzas y su vida santa. Esta sólida disciplina nos llevará a la perfecta discreción y nos pondrá también al abriga de to­das las emboscadas del enemigo.

Por lo demás, no hay vicio por donde le sea más fácil al demonio insinuarse en el monje y arrastrarle a la muerte que el desdén por los consejos de sus ancianos y la confianza en su propio juicio o en los puntos de vista personales.

Y ¡qué necedad! Todas las artes, todas las pro­fesiones inventadas por el genio humano, que, al fin y al’ cabo, sólo sirven para las comodidades de la existencia y quedan en el dominio de lo palpable y lo visible, reclaman necesariamente un maestro para ser bien conocidas. ¡Y esta dis­ciplina invisible y escondida, que puede única­mente captar un corazón verdaderamente puro, en la que el error no ocasiona desgracias tem­porales que puedan remediarse fácilmente, sino la pérdida del alma y la muerte eterna, esta dis­ciplina, repito, será la única en la cual podrá prescindirse de guía! ¡Qué locura!, repito. Por­que es preciso convencerse de ello: no son me­ros enemigos visibles los que nos hostilizan, sino invisibles, y, además, enemigos sin piedad. Es un combate que hay que librar sin tregua, no­che y día, y no ciertamente contra uno o dos adversarios, sino contra innumerables legiones; un combate, en fin, en que la suerte es tanto más temible cuanto más alevoso es el ataque y más encarnizada el rival. Por eso hemos de seguir con sumo empeño y cautela las huellas de los ancianos y darles a conocer los pensamientos que sobrevienen a nuestro corazón, descorriendo sin rebozo el velo con que la falsa vergüenza querría ocultarlos.

PELIGRO QUE SE CORRE POR FALTA DE COMPASIÓN

XII. GERMÁN. La causa principal que da pie a esta peligrosa vergüenza y nos mueve a man­tener ocultos nuestros malos pensamientos, pro­viene de hechos como esté que nos contaron. Ha­bía en Siria un monje que era reputado como el primero entre los demás ancianos. Habiendo ve­nido un hermano a confesarle con simplicidad los pensamientos que turbaban su corazón, más tar­de, en un momento de cólera, le dio en rostro con ellos, reprochándole ásperamente. La conse­cuencia es inevitable: ante tales ejemplos no po­demos menos de ocultar nuestros malos pensa­mientos y sonrojarnos al tener que descubrirlos a los ancianos. Pero, desde luego, con esto perde­mos una ocasión propicia para obtener el reme­dio seguro.

XIII.       MOISÉS.   Así como no todos los jóve­nes son igualmente fervorosos, sabios y de buenos costumbres, así tampoco en todos los ancia­nos se halla el mismo grado de perfección y la misma virtud consumada. Por esto, lo que cons­tituye su verdadera riqueza no son precisamente sus cabellos blancos, sino el celo que han des­plegado en su juventud y el merecimiento de sus virtudes y trabajos a lo largo de su mocedad. «Lo que no cosechaste en la juventud, ¿cómo lo hallarás en la vejez» 25 «La honrada vejez no es la de muchos años ni se mide por el número de días. La prudencia es la verdadera madurez del hombre, y la verdadera ancianidad es una vida inmaculada» ‘I.

No debemos seguir las huellas ni abrazar la doctrina y consejos de aquellos cuya única re­putación estriba en las canas y en los años que han vivido. Sí, en cambio, debemos guiarnos por aquellos que llevaron durante su juventud una vida irreprochable y digna de elogio y se for­maron no según sus propias luces y criterio, sino de acuerdo con las enseñanzas y doctrina de les mayores. Algunos, ¿qué digo?, muchos hay que envejecen en la tibieza y relajación que han contraído en su adolescencia, intentando gran­jearse autoridad no por  la madurez de su vida, sino por su edad avanzada. A éstos se endereza con razón el apóstrofe que lanza el Señor por boca del Profeta: «Los extraños devoran su fuerza sin que él se dé cuenta; ya tiene canas sin que él lo haya advertido» 27.

A estos tales, hay que repetirlo, lo que les in­duce a presentarse como dechado de los jóve­nes no es ni la probidad de su vida ni el celo por realizar su ideal monástico–que mueve de suyo a los demás a la imitación-, sino única­mente su longevidad. El artificioso enemigo se vale de su canicie para engañar a los novicios, presentándola como señal inequívoca de un pres­tigio que han adquirido con los años. Con su do­losa habilidad se apresura a proponer tales ejem­plos a aquellos que, a impulsos de una exigencia personal o invitados por sus hermanos, han em­prendido el camino de la perfección. Su doctri­na y su vida se convierten en sus manos en ins­trumento para arrastrar a estas pobres almas a una funesta tibieza o a una mortal desespera­ción.

Y ahora voy a probaros con un ejemplo lo que os estoy diciendo. Callaré el nombre, por no incurrir en el defecto de ese solitario de quien hablabais, que publicó las faltas de su hermano, tras habérselas manifestado en confidencia. Me limito, pues, al hecho que puede proporcionar­nos una lección oportuna.

Un anciano muy conocido mío acogió un día a un joven monje, y no de los menos fervorosos. Vino a él con el deseo de progresar en la vida  atormentado por el aguijón de la carne y del espíritu de fornicación. Creía encontrar en la plegaria del anciano un consuelo en sus trabajos y una medicina para sus llagas. Al oírle el viejo, prorrumpió en in­jurias y dicterios, diciéndole que era un infame y miserable, que era indigno de llevar el nombre de monje, y que nadie podía prestar oídos a los daños que acarreaba un vicio como aquél.

Estos reproches hirieron el corazón del joven y salió de la celda presa de la desesperación. Es­taba consternado y le embargaba una tristeza mortal. Por eso, abrumado por la aflicción, no pensó ya en curar su mal, sino en saciar la pa­sión que hervía en su interior. Iba absorto en este pensamiento, cuando he aquí que le salió al encuentro casualmente el abad Apolo[57] 28, el más consumado en santidad entre todos los ancianos.

En el decaimiento que aparecía en el semblan­te del joven, el abad adivinó su sufrimiento y el violento combate que se libraba en su alma. Le preguntó la causa de aquella turbación, insis­tiendo con blandura, pero el novicio no podía articular palabra. Apolo iba comprendiendo cada vez mejor. Imposible querer velar con el silencio lo que no podían disimular las facciones de su rostro. Multiplicó, pues, sus preguntas, porfian­do por saber el motivo de su congoja. Al fin, co­gido como en una red, el joven lo confesó todo. Puesto que, según el anciano a quien había con­sultado no podía ser monje, y era incapaz de refrenar los ardores de su carne y obtener reme­dio a su tentación, se disponía a tomar mujer. Abandonaría, por tanto, el monasterio y se vol­vería al mundo.

Apolo empezó entonces a consolarle dulcemen­te, con palabras llenas de benignidad. Díjole que a él, con ser viejo, le ocurría lo mismo; que tam­bién sentía aquellos incentivos y aquellas tem­pestades interiores. Que no era razón que él des­esperara, ni había de maravillarle la violencia de la tentación. Que no eran tanto nuestros es­fuerzos los que triunfaban sobre ella, cuanto la misericordia de Dios y su gracia. Pidió, pues, al joven solamente el plazo de un día y le dijo que regresara a su celda, mientras que él se di­rigía apresuradamente al monasterio del otro an­ciano.

Al acercarse Apolo a la celda de éste, se puso a rogar con lágrimas y con los brazos extendi­dos, diciendo: «¡Señor, tú solo consideras con tu mirada compasiva las fuerzas de cada uno y la debilidad de nuestra naturaleza. Tú solo eres el médico que sabes aplicar el remedio con mano invisible. Haz pasar la tentación de aquel joven al alma de este anciano, a fin de que si­quiera en su vejez aprenda a ser condescendiente con las debilidades de los afligidos y compartir la fragilidad de su juventud!»

Apenas había terminado esta oración con ge­midos, cuando vio a un horrible etíope de pie frente a la celda del otro monje, lanzando contra él dardos de fuego. Tan pronto como las sae­tas hicieron mella en el ánimo del viejo, salió éste precipitadamente de su celda y comenzó a correr en todas direcciones como un beodo o como si hubiese perdido el juicio. Entraba en la celda y volvía a salir de nuevo. Incapaz de per­manecer allí, anduvo vertiginosamente por el mis­mo camino que había seguido antes el joven.

El abad Apolo le vio como un hombre fuera de sí, presa del delirio. Comprendió que los dar­dos encendidos del demonio se habían clavado en su corazón: de ahí la ofuscación y el torbe­llino en que se revolvía su alma. Y acercándose a él, le dijo: «¿A dónde vas tan de prisa? ¿Pero es que te has olvidado de la gravedad que con­viene a tus años? ¿Qué es lo que te agita como un niño y te hace corretear de una a otra parte?»

Confuso por los remordimientos de concien­cia y por la vergonzosa pasión que le agitaba, decirse para si el infeliz que Apolo había adi­vinado la llama que abrasaba su corazón. Viendo descubierto su secreto, no osaba responder.

Entonces, Apolo le dice: «Vuélvete a tu cel­da, y siquiera en tu vejez convéncete de que el demonio, o no ha querido conocerte hasta aho­ra o no hacía ningún caso de ti. Ciertamente, no te había contado entre aquellos cuyos progresos y santos deseos le provocan a hacerles guerra con­tinua; ya que después de tantos años transcurri­dos en la profesión monástica no has sido capaz, ante el único dardo que te ha disparado el ene­migo, no digo ya de rechazarlo, pero ni siquie­ra diferir un solo día el rendirte a la tentación.

»El Señor ha permitido que fueras herida aho­ra, a fin de que, escarmentando no en cabeza aje­na, sino en la tuya propia, aprendieras por lo menos en tu avanzada edad a compadecerte de las debilidades ajenas y a condescender con la fragilidad de tus prójimos. Un joven monje se había acogido a tu amparo; un joven que se ha­llaba expuesto a los rudos asaltos del enemigo. Y, lejos de confortarle con palabras de consuelo, le has exasperado, entregándole en manos del adversario, sin impedir que fuera devorado por él. Sepas, sin embargo, que no le hubiera so­metido el enemigo a tan recia tentación, cual no la has experimentado tú hasta hoy, si no hubiera presentido con envidia sus futuros progresos, an­ticipándose en su camino para atajar los gérme­nes de virtud que adivinaba. Indudablemente, al emprender con tanta violencia la guerra contra él, le ha juzgado más fuerte que a ti.

»Aprende, pues, por propia experiencia a com­padecerte de los afligidos y a no rechazar a aque­llos que están en peligro. Guárdate de sumirles en la desesperación, y procura no confundirlos con la dureza de tus palabras. Al contrario, aplí­cate más bien a confortarles con palabras de dul­zura y consuelo. Así seguirás el consejo del sa­pientísimo Salomón de «librar a los que han sido arrastrados a la muerte y salvar a los que van a ser degollados» 29. A ejemplo de nuestro Sal­vador, no quebrarás la caña hendida y no apa­garás la mecha humeante» 8°. Pedirás al Señor aquella gracia can que puedas poner por obra y cantar con confianza y verdad: «El Señor me ha dado lengua de sabio, para saber sostener con mi palabra al abatido» “. Nadie podría evitar las asechanzas del enemigo ni extinguir los ardores de la carne, que hierven en nosotros como un fuego que nutre la misma naturaleza, si la gracia de Dios no viniera en ayuda de nuestra flaque­za, ofreciéndonos su amparo y su protección.

»Entre tanto, se han realizado los designios saludables que el Señor se proponía: él ha li­brado a este joven de una prueba terrible, y te ha procurado una lección a ti, al darte a conocer la violencia que a veces puede alcanzar la ten­tación y, consiguientemente, el deber que tene­mos de compadecernos de nuestros semejantes. Roguemos, pues, los dos juntos para que se digne poner fin a este azote que ha querido experimen­taras para tu bien, «pues El es el que hace la herida y quien la venda; quien hiere y cura con su mano 32; El, quien abate y ensalza, da la muerte y la vida, el que conduce al sepulcro y libra de él» 33. Que El se digne, con el suave rocío de su Espíritu, extinguir el fuego de esos dardos encendidos con los cuales ha permitido, escuchando mi oración, que te persiguiera Sa­tanás.»

Un solo ruego del anciano bastó para poner fin a la tentación. El Señor hizo cesar aquella prueba tan prontamente como la había permi­tido. El hecho no puede ser más elocuente. No sólo no debemos reprochar a los hermanos las faltas que nos descubren ni darles en rostro con sus flaquezas, pero ni siquiera debemos menos­preciar o tener en poco sus penas, por insignifi­cantes que sean. Cuidado, pues, con que la im­pericia o ligereza de uno solo o de algunos de éstos, cuyas canas sirven al enemigo para enga­ñar a los jóvenes, nos desvíe de la senda de la salvación o nos aparte de la enseñanza de nues­tros padres. Rasgando el velo con que la falsa vergüenza querría cubrirlos, manifestemos a nues­tros ancianos todos los secretos de nuestra alma, y vayamos con confianza a buscar en ellos el re­medio a nuestras heridas y el ejemplo de una vida santa. Y si nos resolvemos a no emprender cosa alguna por nuestro propio, juicio e inspiración personal, encontraremos en recompensa el mismo socorro y provecho que encontró este novicio cerca de su anciano.

EJEMPLOS DE SAMUEL Y DEL APÓSTOL PABLO.

Dios se complace tanto en esta actitud de deferencia y respeto a los ancianos, que no en vano ha querido aleccionarnos sobre ella, en­cerrando de intento su enseñanza en las Sagra­das Escrituras.

Por un juicio de su Providencia escogió al jo­ven Samuel. Pero en lugar de instruirlo por si mismo y entablar directamente coloquio con él, hizo que recurriera una y dos veces al anciano Helí 34. Quiso que este niño a quien había lla­mado para vivir en su intimidad fuera formado por un hombre que le había ofendido, por la úni­ca razón de ser éste un anciano. Y tras haberle juzgado digno de una vocación tan alta, prefi­rió someterle a la dirección del sacerdote. Es decir, que la vocación de Samuel se la reservó Dios para sí; su formación, en cambio, quiso confiarla al sacerdote Helí. De este modo pro­baba la humildad de aquel a quien destinaba a un ministerio tan divino, y daba a la juventud en su persona un modelo de sumisión.

XV. También a San Pablo le llamó Cristo por sí mismo y le habló. Mas, pudiendo revelarle en el acto el camino de la perfección, prefirió encaminarlo a Ananías y le ordenó que apren­diera de sus labios la verdad: «Levántate y en­tra en la ciudad, y se te dirá lo que has de ha­cer; 35. Le confía; pues, también a un anciano, juzgando preferible que aprenda de su doctrina, antes que enseñarle El personalmente. Y ello para evitar que lo que hubiera sido justo en el Após­tol no fuera en el porvenir motivo de mal ejemplo para algunos. Pues podría fomentar su arro­gancia y pensar que no debían reconocer por maestro y doctor más que a Dios, sin necesi­dad de sujetarse a la enseñanza de los mayores.

El Apóstol nos muestra en sus cartas, no me­nos que con sus hechos y ejemplos, la repugnan­cia que debe inspirarnos semejante presunción. Y nos dice que subió a Jerusalén sólo con áni­mo de examinar y cotejar con sus hermanos y predecesores en el apostolado, en una especie de examen privado y fraternal, la doctrina del Evan­gelio que él anunciaba a los gentiles, y esto des­pués de verse asistido por la gracia del Espíri­tu Santo, que acompañaba su predicación con señales y prodigios. «Y yo les expuse—dice-el Evangelio que predico entre los gentiles…, por temor de correr o haber corrido en vano» 3°.

¿Quién será tan presuntuoso y ciego que ose fiarse de su solo juicio y parecer, cuando este es vaso de elección atestigua que tuvo necesidad de consultar con sus hermanos de apostolado? Tenemos aquí una prueba fehaciente de que el Señor no muestra a nadie directamente la senda de la perfección, si, teniendo ancianos que se la enseñen, menosprecia su doctrina y magisterio. Este tal no hace caso de aquella palabra de la Escritura que querría el Señor se observara con celo: «Pregunta a tu padre, y te enseñará; a tus ancianos, y te dirán» “.

HAY QUE TENDER A LA DISCRECIÓN

XVI. Hemos de procurar, pues, con empe­ño, adquirir el bien de la discreción, mediante la virtud de la humildad. Es la única que pue­de preservarnos de las extralimitaciones, tanto en el vicio como en la virtud, o, lo que es lo mismo, librarnos de las faltas, tanto por exceso como por defecto. No es nuevo el :proverbio: akrothtej isothtej -los excesos son iguales-. Dicho de otra manera: los extremos se tocan. El ayunar demasiado y el comer más de lo justo tie­nen, en definitiva, el mismo resultado y condu­cen a un misma fin. Las vigilias inmoderadas no son menos desastrosas para el monje que la pesadez de un sueño prolongado. Y es que las privaciones inmódicas debilitan al hombre hasta sumirle en un estado de total postración y apatía. He visto con frecuencia a algunos que, ha­biendo salido victoriosos ante las seducciones de la gula, cayeron fatalmente a consecuencia de ayunos desmedidos. Volvieron al vicio que ha­bían vencido de regalarse en demasía, al darse cuenta de la extrema debilidad a que les había reducido la abstinencia. Otros han caído por haberse entregado más de lo debido a las vigilias indiscretas, pasando noches enteras sin pegar los ojos, cuando el mismo sueño no había po­dido antes triunfar de su constancia.

Por tanto, según dice el Apóstol, «con las armas de la justicia a, diestra y a siniestra»[58] 38, guardemos las formas y actitudes razonables. Tomando por norma de vida la discreción, man­tengámonos siempre a igual distancia de ambos extremos, sin decantarnos a derecha ni a izquier­da. De modo que no abandonando por una parte la práctica de la abstinencia, establecida por nuestros Padres, no caigamos por otra, víctimas de una funesta relajación, en los vicios de la gula y la intemperancia.

XVII. De mí sé decir, que a menudo sentía tal inapetencia en la comida, que después de dos o tres días transcurridos sin probar alimento, apenas si me pasaba por la mientes el deseo de los manjares. También me acontecía tenerme el

enemigo desvelado y hacerme tan imposible el sueño, que me obligaba a implorar noche y día al Señor la gracia de algunos instantes de reposo. Ahora bien, he podido comprobar que esta re­pugnancia respecto al alimento y el sueño me exponía a un peligro mayor que el que me cau­saban los asaltos de la pereza y de la gula.

Y así, por un lado, hemos de precavernos para no resbalar por la pendiente de una apetencia voluptuosa en la comida hasta dar en una rela­jación que podría ser fatal, ni anticipar la hora fijada, ni abandonarnos al placer de los man­jares extralimitándonos en ellos. Pero conviene, por otro, tornar el alimento y sueño debidos al tiempo establecido, cualquiera que sea la repug­nancia que sintamos. No olvidemos que uno y otro extremo son tentaciones del enemigo. Pero la caída suele ser más grave por un ayuno inmo­derada que por un apetito satisfecho. Porque con éste se puede llevar, con la ayuda de la com­punción, una vida moderadamente austera; con el otro, es imposible.

SOBRE LA ABSTINENCIA Y TASA DE LA COMIDA

XVIII. GERMÁN. ¿Cuál es, pues, el justo medio en punto a abstinencia? ¿Qué proporción debemos guardar para mantenernos a igual dis­tancia de ambos extremos, evitando así el peli­gro que nos amenaza ante esos dos escollos?

XIX. MOISÉS. Sé que este punto fué con frecuencia objeto de discusión entre nuestros ma­yores. Después de haber considerado la práctica de algunos solitarios, que se sustentaban sólo con legumbres, hortalizas o fruta, prefirieron susti­tuir esto por el uso del pan a solas. En conse­cuencia, determinaron que la medida prudencial que podía guardarse era la de dos panecillos, que juntos pesaban sobre una libra, aproximada­mente.

XX. Acogimos con una sonrisa irónica esta solución y respondimos que no juzgábamos aque­lla abstinencia muy rigurosa, toda vez que nos­otros mismos no podíamos consumir tal canti­dad [59]36.

XXI. MOISÉS. Si queréis probar el rigor de esta costumbre, observadla constantemente. No añadáis los domingos y los sábados ningún man­jar cocido, ni siquiera con ocasión de la visita de un huésped. Porque si el monje se permite estas mitigaciones, no sólo podrá contentarse con menos de los dos panecillos, sino que le será fácil diferir la refección sin la menor fatiga, por tener más que suficiente con los aditamentos que se han tomada En cambio, no podrá hacer tal cosa ni dejar de permanecer dos días sin comer esa cantidad de pan, si se atiene a la ración indicada.

Recuerdo que a nuestros antepasados-y l a propio nos ha sucedido a nosotros más de una vez-les era tan difícil observar esta prescripción y no exceder aquella medida frugal, que ; tenían que hacerse gran violencia para ello, no levantándose de la mesa sino con disgusto, y sintiendo amargura y pesar.

NORMA DE LA ABSTINENCIA Y COMIDA EN GENERAL

XXII. En línea general, el criterio que hay que seguir respecto a la abstinencia consiste en concederse, según las fuerzas, la edad y comple­xión física de cada cual, el alimento necesario para sustentar el cuerpo, no lo que desea el ape­tito para llegar hasta la saciedad.

Porque igual perjuicio-y no pequeño encontrará en uno y otro exceso el monje que, viviendo  con arreglo a un régimen caprichoso y desigual, unas veces ayuna con extremo rigor y otra abusa j de los manjares. El espíritu, abatido por falta; de sustento, pierde su vigor y se mantiene con l languidez en la oración, pues la excesiva fatiga condena al cuerpo a la somnolencia. Por otra  parte, la hartura de los manjares le agrava y le hace imposible elevarse a Dios esponjándose en puras y tiernas plegarias. Tampoco podrá guardarse intacta la pureza y la castidad, ya que precisamente en los días en que la carne parecerá más extenuada por el ayuno, la intem­perancia de la víspera dará materia a la tenta­ción; atizando el fuego de la concupiscencia.

XXIII. Lo que se ha acumulado una vez en el organismo por la abundancia de alimen­tos se despide necesariamente a su tiempo. Es la misma ley de la naturaleza quien lo exige, pues no sufre se mantenga la exuberancia de humores superfluos por ser contraproducentes. De ahí la necesidad de guardar siempre, en punto a alimentos, una medida razonable y discreta. Pues si, permaneciendo en esta carne nos es im­posible inhibirnos del todo de esta necesidad na­tural y evitar tales ilusiones entre sueños, por lo menos que no sobrevengan en el curso del año sino muy raramente. Conviene, además, que esto se produzca sin ninguna anomalía, dentro de un sueño tranquilo, y no sea provocado por lúbricas imaginaciones. Sería indicio de oculta pasión des­ordenada.

Nuestros Padres lo sabían. Por eso aprobaron por decisión unánime este régimen de vida, adoptando la medida y uniformidad de que habla­mos. Una comida al día consistente en sólo pan, no sacia el hambre del todo. Al propio tiempo el apetito sazona la refección. Por este media. el alma y el cuerpo, permaneciendo constante­mente en la misma disposición, ni se sienten abatidos por el ayuno indiscreto ni cargados por la demasiada comida. La jornada queda así en­vuelta en una atmósfera tal de frugalidad, que al llegar a la noche no percibe el monje la pe­sadez ni se acuerda siquiera de lo que ha co­mido al mediodía.

XXIV. Es tan cierto que esta norma cons­tante en la comida lleva consigo su dosis de mortificación, que los monjes que no se propo­nen seriamente la perfecta sobriedad, prefieren prolongar su ayuno y reservarse la ración coti­diana para el día siguiente. Llegada la hora de la refección, prescindiendo de la medida fijada, puedes comer y saciarse a su gusto

Tal fue no hace mucho, como sabéis, la prác­tica obstinada de vuestro compatriota Benjamín. Para sustraerse a esta penitencia diaria y eludir una sobriedad continua, prefería ayunar dos días consecutivos, a trueque de satisfacer después, me­diante la doble ración, su glotonería. Los cuatro panes que se había reservado le ofrecían ocasión de contentar sus deseos y saciar el hambre a placer. De esta suerte compensaba el ayuno de la víspera comiendo luego a sus anchas, y se resarcía con creces de la abstinencia pasada. Guiándose por esta obstinación y pertinacia, qui­so vivir a su talante antes que someterse a los usos de nuestros mayores.

Ya sabéis el fin que tuvo yendo por este ca­mino, y cómo abandonó el desierto para correr tras la huera filosofía de este mundo y la va­nidad del siglo. Valga este ejemplo para probar la bondad de esa regla establecida por los an­cianos. Y que nos enseñe a todos que aquel que obedece a su inspiración personal y fía demasiado en su propio juicio no podrá alcanzar las cimas de la perfección. Más, es imposible que no su­cumba a las peligrosas ilusiones que urde el de­monio por doquier.

DEL MODO COMO PUEDE GUARDARSE SIEMPRE LA MISMA MEDIDA

XXV. GERMÁN. ¿Y cuál es el medio de guardar constantemente esta uniformidad que dices? Porque a veces es preciso quebrantar el ayuno[60]40 a la hora de nona para obsequiar a los huéspedes que llegan. En cuyo caso es forzoso, para agasajarles, añadir algo a esa cantidad de pan establecida. De lo contrario, nos vemos obli­gados a faltar al deber de la hospitalidad, que nos obliga a todos por igual.

XXVI. MOISÉS. Conviene observar con la misma solicitud uno y otro precepto: abstinencia y hospitalidad. Por un lado, debemos guardar escrupulosamente la discreción en el comer, por amor a la pureza y a la templanza. Por otro, hay que llenar con caridad los deberes de cor­tesía respecto a los hermanos que nos visitan.

Porque sería a todas luces un absurdo que, recibiendo a un huésped, o mejor dicho, a Cristo, que es a quien recibimos en la persona del hués­ped, no participáramos en su comida y le dejára­mos sólo en la mesa.

Pero he aquí un procedimiento fácil, por el que podremos satisfacer cumplidamente con am­bas exigencias escapando a toda censura. A la hora nona no comamos más que uno de los panes que nos permite la regla, reservando el otro para la tarde, con miras a la visita que podamos reci­bir. Si llega, en efecto, algún hermano, comamos en su compañía esta única porción, sin necesi­dad de añadir nada a nuestra refección acos­tumbrada. Si así lo hacemos, no nos dará pena la llegada de un huésped, que siempre debe cons­tituir para nosotros un acontecimiento grato. Así habremos cumplido con los deberes ineludibles de la urbanidad sin faltar un ápice al rigor de nuestro ayuno. Caso de que no tengamos que re­cibir ninguna visita, podemos todavía comer con entera libertad el panecillo a que nos da derecho la misma regla. Como habremos tomado ya uno a la hora nona, nuestro estómago no se sentirá insatisfecho al comer el único que nos queda. Esto nos evitará el inconveniente que experimen­tan habitualmente aquellos que, a título de mayor abstinencia, difieren hasta la noche tomar toda la comida. Esta especie de sobrealimen­tación que acaban de permitirse les arrebata la libertad de espíritu y esa agilidad interior que es tan necesaria para recitar las plegarias vespertinas y nocturnas.

En orden a esto, se dispuso ya antiguamente la hora de nona[61] ” como la mas a propósito para la refección. En verdad, ofrece no pocas ventajas. Porque, sobre sentirse el espíritu más libre y la cabeza despejada para las vigilias nocturnas, nos hallamos ya perfectamente dispuestos para cele­brar el oficio de Vísperas, pues se ha hecho ya la digestión.

***

Tales son los manjares exquisitos con que, por decirlo así, nos regaló Moisés al darnos estas dos conferencias. En la segunda nos había reve­lado con elocuencia fácil la hermosura y pres­tancia de la discreción. En la primera había pues­to de relieve el verdadero carácter de nuestra renuncia, la meta y fin de la vida monástica. Lo que antes perseguíamos a ciegas, casi sin sa­berlo, a impulsos sólo del fervor y del celo que nos animaba, nos lo había hecho ver ahora más claro que la luz. Caíamos en la cuenta de que había­mos corrido hasta entonces a la ventura, un tanto apartados de la verdadera dirección, lejos de la pureza de corazón. Y este sentimiento se avivaba aún más en nosotros cuando pensábamos que las mismas artes y ciencias humanas, por mate­riales que sean, exigen siempre un blanco preciso, y que no se las posee perfectamente sino a con­dición de apuntar con decisión constante al obje­tivo que conduce a ellas.

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