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¿Qué es el discernimiento ignaciano?

En el siglo XVI, un capitan español llamado Íñigo López de Loyola, fue herido en una batalla en la ciudad de Pamplona, y durante su convalecencia, el Señor le fue cambiando la vida. Él experimentó que, tras la lectura de la vida de Cristo y de las vidas de los santos, le quedaba un poso de alegría interior mientras pensaba lo que iba a hacer una vez recuperado, imitando las vidas de los santos. También experimentó que otros pensamientos que le venían a la cabeza y que le llevaban a desear cortejar a una dama de alta sociedad, y en los que se entretenía por horas, le dejaban amargura en el corazón. Tras esta experiencia, al recuperarse, fue buscando la voluntad de Dios, sin saber muy bien cuál era, lo que le llevó al santuario de Monserrat, y posteriormente a vivir de ermitaño en una cueva en Manresa, en la actual provincia de Barcelona (España). Después de unos meses allí, en los que tuvo grandes experiencias místicas y también mucha sequedad, oscuridad  y escrúpulos, que le llevaron incluso a tentaciones de suicidio, se embarcó para Tierra Santa, y al volver estudió teología, primero en Alcalá de Henares, posteriormente en Salamanca, y finalmente en París, tras lo cual fue ordenado sacerdote con algunos compañeros, entre los que se encontraban Francisco de Javier y Pedro Fabro. Quisieron peregrinar a Tierra Santa para vivir allí imitando a Cristo, pero la providencia les tenía reservado otro plan, que era el de ponerse al servicio del Papa para las misiones que éste les encomendase. Y así nació una orden religiosa llamada la Compañía de Jesús.

San Ignacio dejó escrita su experiencia, para que otros la pudiesen seguir, en el libro de los Ejercicios Espirituales. En su n.º 32 dice lo siguiente:

Presupongo ser tres pensamientos en mí, es a saber, uno propio mío, el qual sale de mi mera libertad y querer; y otros dos, que vienen de fuera: el uno que viene del buen espíritu y el otro del malo.

¡Dos pensamientos que vienen de fuera! Esta es la clave del discernimiento de espíritus. Conocer qué es lo que viene de fuera, y lo que viene de mí. No es introspección psicológica, no es razón sola, sino conocer si mis pensamientos son naturales, preternaturales o sobrenaturales. Si “vienen de fuera” o de dentro. Pero para conocer la voluntad de Dios, es necsario querer conocerla de verdad, sin engaños.

San Ignacio da mucha importancia para tener discernimiento a tener ordenada la vida, lo que él entiende por afectos. Generalmente los afectos son el origen del pensamiento propio mío, que es el que sale de mi libertad. Así, los ejercicios espirituales son "para vencer a si mismo y ordenar su vida sin determinarse por afección alguna que desordenada sea" (EE 21). Por esto, para tener discernimiento, hay que tener los afectos ordenados. Es lo que san Ignacio llama la indiferencia, que es previa al discernimiento. Al inicio de los ejercicios él dice: "Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados." (EE 23). Y en para ordenar los afectos tiene un papel clave la meditación del evangelio.

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