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1a parte: ¿Cómo empezar a caminar? Lo que ocurre al principio.

Las dos primeras reglas de los ejercicios espirituales son para los inicios de la vida espiritual. Se apliucan a quienes no han comenzado a andar y queiren servir al mundo, y a quienes empiezan a seguir a Cristo. Ponemos a continuación el texto ignaciano:

[314] 1.ª regla. La primera regla: en las personas que van de pecado mortal en pecado mortal, acostumbra comúnmente el enemigo proponerles placeres aparentes, haciéndoles imaginar deleites y placeres de los sentidos, para conservarlos y hacerlos crecer más en sus vicios y pecados; en dichas personas el buen espíritu actúa de modo contrario, punzándoles y remordiéndoles la conciencia por el juicio recto de la razón.

[315] 2.ª regla. La segunda: en las personas que van intensamente purgando sus pecados, y de bien en mejor subiendo en el servicio de Dios nuestro Señor, sucede de modo contrario al de la primera regla; porque entonces es propio del mal espíritu morder (con escrúpulos), entristecer y poner obstáculos, inquietando con falsas razones para que no pase adelante; y propio del buen espíritu es dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos los impedimentos, para que siga adelante en el bien obrar.

  1. quienes de "van de pecado mortal en pecado moral", o a quienes el Evangelio les importa muy poco. A estos, el mal espíritu les propone placeres aparentes y tentaciones burdas, para más conservarlos en el vicio. Un texto bíblico donde aparece el papel del mal espíritu, bien puede ser el siguiente de la carta a los Efesios (c. 5):
    De la fornicación, la impureza, indecencia o afán de dinero, ni hablar; es impropio de los santos. 4Tampoco vulgaridades, estupideces o frases de doble sentido; todo eso está fuera de lugar. Lo vuestro es alabar a Dios. 5Tened entendido que nadie que se da a la fornicación, a la impureza, o al afán de dinero, que es una idolatría, tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios. 6Que nadie os engañe con argumentos falaces; estas cosas son las que atraen el castigo de Dios sobre los rebeldes. 7No tengáis parte con ellos. 8Antes sí erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor. 9Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. 10Buscad lo que agrada al Señor, 11sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas. 12Pues da vergüenza decir las cosas que ellos hacen a ocultas. 13Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, 14 y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: "despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz" (Ef 5, 3-14).
    En esta etapa es importante descubrir el mecanismo que usa del demonio, y que los viejos padres del desierto conocieron bien y dieron pautas para luchar contra él. Es el combate espiritual contra los 8 demonios que atacan al hombre por medio de pensamientos sugerentes, con los que si el hombre dialoga, se fijan de tal modo en su corazón que pierde la libertad cayendo en la pasión y siendo arrastrado al pecado. Uno es esclavo de aquello que lee vence. Para conocer este discernimiento, merece la pena leer el tratado práctico de Evagrio Póntico; así se entenderá muy bien este proceso del que él es especialista perspicaz.
  2. La segunda regla plantea la situación de quien va creciendo en virtud. Aquí predomina la acción del buen espíritu mediante la consolación y el ánimo. Y el papel del espíritu maligno es poner dificultades para avanzar. ¿Quién no ha tenido que sufrir y superar todo tipo de dificultades para poner en marcha obras apostólicas, dificultades que pueden provenir del corazón propio o de los amigos, que incluso nos quieren "bien"? San Ignacio enseñó esta regla en una carta que escribió a sor Teresa Rejadell y que se puede consultar en esta web.
    Nuestro santo introduce en esta regla la consolación y la desolación, que son el lenguaje que usan el buen y el mal espíritu. Él lo experimentó en carne propia en Loyola, cuando, convaleciente, leyó las vidas de los santos y la Vida de Cristo y su corazón se llenó de alegría; mientras que, al contrario, cuando recordaba los libros de caballerías, y pensaba como iba a cortejar a una dama de alta sociedad, se quedaba triste y sin ilusión.
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