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[322] 9.ª regla. La novena: tres son las causas principales por las que nos hallamos desolados: la primera es por ser tibios, perezosos o negligentes en nuestros ejercicios espirituales, y así por nuestras faltas se aleja la consolación espiritual de nosotros. La segunda, por probarnos para cuánto valemos y hasta dónde nos extendemos en su servicio y alabanza, sin tanta paga de consolaciones y crecidas gracias. La tercera, a fin de darnos verdadera noticia y conocimiento, a saber, para que sintamos internamente que no depende de nosotros traer o tener devoción crecida, amor intenso, lágrimas ni alguna otra consolación espiritual, sino que todo es don y gracia de Dios nuestro Señor; y para que en cosa ajena no pongamos nido, alzando nuestro entendimiento a alguna soberbia o vanagloria, atribuyendo a nosotros la devoción o los otros efectos de la consolación espiritual.

En cuanto a las causas de la desolación (9ª regla), la primera de ellas es de gran importancia: la negligencia en los ejercicios espirituales. Quien no cuida el amor, termina en estado de desolación, no aprecia el amor de Dios, no lo vive, y aparece la pereza del bien: no apetece hacer nada bueno, no apaetece hacer oración, y similares. Es una pereza hacia lo sobrenatural, no necesariamente hacia lo natural, pues no tiene por qué reducir la actividad del hombre.

Sin embargo, las últimas dos causas es la que nos permite distinguir cuándo la desolación es una prueba del Señor o consecuencia de nuestra pereza o negligencia.

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