Me ha llegado un enlace a un video de YouTube donde se oye la experiencia de una señora en una Iglesia de dominicos, en la que, tras interrumpirles su liturgia en el coro, el prior tiene que coger por el brazo a la buena mujer para sacarla de la Iglesia. Es de suponer que si, tuvo que ejecutar esta acción, fue porque había interrumpido la liturgia de las horas, pues no quiero pensar que un religioso haya hecho eso sin que hubiera una causa proporcionada. La mujer, fuera del templo, "audiblemente" excitada pues el video no tiene imágenes sino solo sonido, le falta al respeto a lo bruto y tienen que llamar a la policía para intentar que entre en razón. El motivo de la queja de esta buena mujer es la decisión tomada por los pastores de las comunidades cristianas en la crisis del Coronoavirus, entre los que me cuento, de no celebrar culto público. Pero luego en el video, de una hora de duración, ¿quién habrá tenido paciencia de escucharlo por entero?, aparecen todo tipo de visiones del demonio encarnado en la jerarquía católica, que, por supuesto, no comulga con las ideas de esta mujer. No me pregunto qué espíritu guía a esa mujer, porque creo que en ese momento lo que tenía era un problema emocional, lo que san Ignacio llamaba pensamientos o mociones que proceden de uno mismo.

Esto no pasaría de una mera anécdota si no fuera porque este video ha suscitado 350 comentarios positivos en el canal de YouTube que lo ha publicado y, que, por no darle publicidad, omito. Sorprende que un video de una experiencia traumática y en el que hay una posible patología, probablemente reactiva, sea publicado en un sitio web, y tenga tanta aprobación. ¿Cómo puede tener mil y pico me gusta? A mi no me gusta nada.

Por si acaso, antes de seguir, quiero profesar mi fe en Cristo Jesús, en la presencia real del Señor en la Eucaristía y en todo lo que la Iglesia cree y profesa. Lo digo de antemano porque en una ocasión en que manifesté desconfianza por unas apariciones no aprobadas por la Iglesia me dijeron que ya decía Nuestra Señora que muchos sacerdotes serían influenciados por el demonio para no creer en ellas. Evidentemente, ante tal argumento, creí menos en esas apariciones, en las que, por lo visto, la Virgen afirma que yo estoy influido por el príncipe del mal. Como no lo creo, y la Virgen María no puede equivocarse ni estar engañada por él, caben otras posibilidades, e invito a quien tenga la paciencia de leerme, que piense un poco sobre ello y saque sus conclusiones.

Dicho esto quiero hacer alguna observación a la relación fe-razón para distinguirla de la relación entre algo que se parece -pero poco- a la fe con algo que se parece menos a la razón. La fe es el asentimiento a la verdad revelada por Dios contenida en la Sagrada Escritura y transmitida por la Tradición de la Iglesia. De esto trata en teología el tratado sobre la fe y las precisiones adecuadas las hace el tratado llamado teología fundamental. La fe, según la Iglesia es razonable, es decir, que para que sea un acto meritorio ha de ser un acto humano. Y por ser un acto humano debe implicar a la voluntad y a la razón. Asiente a un Dios que se revela. La posibilidad de tener conocimientos ciertos, de tener certezas en al mundo natural, la objetividad de nuestro lenguaje, etc., son los ladrillos racionales sin los cuales sería imposible asentir a la revelación de Dios. Por ello, la fe necesita la razón, el sano pensamiento, para poder ser fe, pero la fe trasciende, y mucho, a la razón. Y el equilibrio entre la razón y la fe me parece que es fuente de una gran cordura mental. Una sana razón está abierta a la fe, así como una vida auténtica, lo es porque conoce el sentido verdadero de la existencia. Y romper este equilibrio es peligroso para la persona por la trascendencia que tienen las verdades de fe en la vida.

Por ello, me preocupa, y mucho, que la fe, que trata de verdades necesarias para algo tan importante como la salvación del hombre y llevar una vida de santidad como discípulos del Señor resucitado, se convierta en algo que tiene el mismo lenguaje, la misma expresión, incluso litúrgica, pero que está muy lejos de ella, de la verdadera fe: el fanatismo. Convertir la fe en fanatismo es muy peligroso. La palabra fanatismo originalmente describe el celo que tenía el cuidador de un templo (fanum). Está relacionada con pro-fano, que etimoloǵicamente significa quien está fuera del templo. Con el tiempo, de la palabra fanum, surgió el verbo fanor que designaba la experiencia de estar poseído por un fervor divino delirante y frenético, y de este surgió la palabra fanaticus. Si hay fanatismo no hay razón, y esto puede tener consecuencias mentales. Otra manera de convertir la fe en fanatismo es rompiendo el equilibrio natural-sobrenatural, que está en la base de la relación razón-fe y es la gran conquista del catolicismo, en especial del sano tomismo.

Este peligro de irracionalismo lo veo en los comentarios que se escriben en las webs que tocan temas relacionados con el catolicismo. Evito llamarlas católicas, pues en mi pobre opinión, y, sobre todo, en el Código de Derecho Canónico, se dice que para que algo pueda ser llamado católico, lógicamente, ha de tener permiso  de la jerarquía, de los pastores de la Iglesia. La impresión que tengo es que hay muchas personas desequilibradas escondiéndose en pseudónimos, y quienes mantienen y alimentan esas webs, también en mi pobre opinión están causando desequilibrios mentales a muchas de ellas.

Por supuesto este fenómeno no es nuevo, y por eso lo traigo a un blog sobre discernimiento. Ya en tiempo de san Ignacio hubo un gran iluminismo que forzó a la inquisición a intervenir, y san Ignacio lo tuvo que sufrir, pues le llevaron, y no precisamente de vacaciones, a la cárcel de Alcalá. La verdadera fe está lejos del iluminismo que siempre tiene una raíz privada no eclesial, y por ello, sustituía la fe de la Iglesia por las interpretaciones que los iluminados hacían de ella. Esta es una de las razones por las que san Ignacio escribió las reglas para "el sentido verdadero que debemos tener en la Iglesia militante". También se puede leer en los los recuerdos de Polanco una anécdota que refleja la opinión que tenía sobre una famosa vidente de su época muy consultada por muchas personas.

Termino: estas pobres líneas quieren ser un tributo a la sana doctrina que no es precisamente la que se lee en esas webs que teóricamente la defienden. Aun cuando todas no tienen la misma virulencia, no parece que sea muy sana la doctrina que profesan por las consecuencias que tiene y se pueden ver,como he dicho, en los comentarios de las mismas.

Yo me quedo con el Evangelio: bienaventurados los mansos ... Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón.

P. Javier Igea, STL, PhD.

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El que obedece no se equivoca, ¿o a lo mejor sí?

A veces he oio esta frase; la he oído en ambientes en los que se quiere vivir la espiritualidad ignaciana. Este pequeño artículo quiere precisar algunos conceptos en torno a esta afirmación, pues creo que no siempre se entiende bien.

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Los profetas sacuden la conciencia colectiva. Si no lo hacen, quiere decir que no son profetas. Por eso los profetas resultan incómodos, y frecuentemente son perseguidos. Y si no que se lo pregunten a Jeremías o a Amós, por ejemplo.
En nuestros días, los profetas también han sacudido la conciencia colectiva. Recordemos a san Pablo VI, el Papa de la Humanae Vitae y de la encíclica Sacerdotalis Coelibatus, san Juan Pablo II, y cómo fue criticado por la sociedad considerado un hiperconservador, y no digamos nada de Benedicto XVI, despectivamente llamado el Papa Ratzinger ..... Y es que la corrección política no es compatible con el profetismo. Sucede lo mismo con los padres en la educación los hijos a la hora de marcarles límites, pues una de las tareas de la educación es formar la voluntad de los hijos compensando la concupiscencia que habita en su corazón. Y esto no es fácil, pues es más fácil no complicarse la vida y sucumbir ante los caprichos. Pero, también lo sabemos, no es lo correcto, y tiene consecuencias tremendas.

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Hay que pararse un poquito a pensar. Sobre todo es bueno coger este hábito poniendo el cacumen a trabajar, especialmente en una sociedad que ha hecho del cambio uno de sus pilares vitales. Así conseguimos que no nos engañen. Si se une el marketing al relativismo, tenemos que cuánto más cambien las cosas, sin que haya nada estable o verdadero, más novedades vendemos, y mejor va la economía, pero a costa de la verdad que es la que pierde. Esta es nuestra realidad: es necesario saltar de novedad en novedad y cuántas más noticias tengamos mejor; si no las hay hay que inventarlas.Pero conviene pararse a pensar.

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No sé si me arriesgo demasiado al escribir en el blog. Porque hablar yo en defensa de la humildad, y no es falsa humildad, me parece un poco hipócrita. Esto es, lo que viene a continuación, es algo que quiero vivir, pero que no siempre vivo. Y también, me parece, que a todos nos pasa lo mismo. ¡Ojalá fuéramos santos!, pero no lo somos. Por esto, lo que digo aquí, empiezo por aplicármelo a mi mismo.

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Hay en nuestros días una crítica exacerbada al Papa Francisco que proviene de sectores intraeclesiales, y de lo que podríamos llamar “fuego amigo”. Ciertamente, no me extraña que diarios de planteamientos no compatibles con el evangelio lo critiquen, y que lo hagan también los que estén influídos por el planteamiento anticlerical tan presente en nuestra patria. Lógicamente, si uno no cree en Dios y es combativo con esta idea, o no está de acuerdo con la verdad que la Iglesia Católica profesa, luchará contra la misma por considerarla su enemiga. Es una postura coherente, y el diálogo se ha de dirigir a las premisas, si es que se puede dialogar.

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Tuve hace unos días una conversación sobre la vida y la libertad con un amigo. Hablamos sobre la importancia de la razón, y yo quería que llegásemos a la conclusión de que la vida ha de ser guiada por la razón, que busca -y encuentra- la verdad, el bien y la belleza, y mi interlocutor afirmó que la libertad era para vivir una buena vida. La buena vida afirmaba yo, debe seguir la razón, y mi contraparte decía que razón debería adaptarse a la buena vida, pues si no la razón nos llevaba a algo que no era lo que entendemos por buena vida.

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Acabo de terminar de leer la Opción Benedictina. El libro se ha convertido en un modesto fenómeno de masas dentro de la literatura católica de este año, y sé de varios de mis feligreses y amigos que lo han comprado. Lo encargué a Amazon con una pequeña duda dentro de mi: no me gusta seguir la masa, ni comprar lo que se lee en el momento. Quizá esta duda mía venga de una naturaleza hipercrítica, que no es buena, pero quizá también refleje que algunos fenómenos de masas, algunos bestsellers, esconden planteamientos superficiales, como modas que son. Con esta curiosidad lo he leído. Y me he encontrado con una mezcla de planteamientos sugerentes y otros más aplicables al mundo anglosajón que a la realidad europea.

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El 20 de Enero de 2014 el Papa habló del discernimiento en sus homilías de santa Marta. Comentó el Evangelio del que se entresaca el versículo que se pone a continuación. Y comentándolo hizo una afirmación muy  interesante, que es que quién se niega a cambiar las cosas, en parte por no estar abierto al discernimiento, comete un pecado de adivinación. Mi comentario es el siguiente: la adivinación es recurrir a supersticiones para conocer el futuro; por tanto, quien dice saber el futuro por la aplicación de una ley rígida, comete este pecado. Pero contra este tipo de adivinación viene el verdadero discernimiento que es buscar la voluntad del Señor. A continuación los fragmentos de la homilía del Papa.

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