Tuve hace unos días una conversación sobre la vida y la libertad con un amigo. Hablamos sobre la importancia de la razón, y yo quería que llegásemos a la conclusión de que la vida ha de ser guiada por la razón, que busca -y encuentra- la verdad, el bien y la belleza, y mi interlocutor afirmó que la libertad era para vivir una buena vida. La buena vida afirmaba yo, debe seguir la razón, y mi contraparte decía que razón debería adaptarse a la buena vida, pues si no la razón nos llevaba a algo que no era lo que entendemos por buena vida.

No estoy haciendo juegos de palabras, sino intentando precisar una cuestión fundamental para la ética y para la vida cristiana, que va más allá de los planteamientos éticos. No es un debate estéril, sino descubrir la fuente de la moralidad de los actos humanos, o, en otras palabras, si una ley, pongamos por caso, es justa o injusta, y debe ser cumplida o no. ¿Podemos seguir diciendo que la ley es la ordenación de la razón o la voluntad de los elegidos como representantes del pueblo?

Confieso que el término vivir una buena vida es un término ambiguo; se puede interpretar de una manera o de otra, y bien puede significar “darse una buena vida” o “darse la vida padre”, o vivir una vida buena, en el sentido de vivir el bien en la vida. En ambos casos está actuando la razón; en el primero afirma que el interés propio es lo más importante en la vida, y en el segundo afirma que el bien es lo más importante. Llevada al extremo la primera postura, junto con una patología psicológica, produce la personalidad antisocial, que consiste en no poder adaptarse a las normas de la sociedad, no tener horarios, no respetar lo público, etc. Sin embargo, la segunda postura es fuente de equilibrio y de progreso, pues el bien propio depende de los demás, y ha de conseguirse en relación de igualdad y respeto con el prójimo.

Con estos razonamientos hemos llegado a la vocación del hombre, que es la vivir como persona en relación con los demás. Esta vocación brota de lo que el hombre es, de su naturaleza, y esto será lo que nos haga pasar de vivir una buena vida a vivir una vida buena.

El Evangelio nos lleva mucho más allá. El Concilio nos dejó dicho: “En realidad el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir (Rom 5, 14), es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”. La vida buena brota no solo de una naturaleza humana tal como la conoce la razón, sino del nuevo Adán, cabeza de una nueva humanidad, que además nos ha dado los sacramentos, y la gracia necesaria para poder vivir nuestra misión. En el Cuerpo de Cristo, unos son esposos, otros sacerdotes o consagrados, otros profetas, cada uno con su vocación. Esta es la buena vida, la santidad. P. Javier, párroco

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