No sé si me arriesgo demasiado al escribir en el blog. Porque hablar yo en defensa de la humildad, y no es falsa humildad, me parece un poco hipócrita. Esto es, lo que viene a continuación, es algo que quiero vivir, pero que no siempre vivo. Y también, me parece, que a todos nos pasa lo mismo. ¡Ojalá fuéramos santos!, pero no lo somos. Por esto, lo que digo aquí, empiezo por aplicármelo a mi mismo.

¿Qué es la humildad? El nombrecito viene de humus, esto es, tierra; así que ser humilde, en primera aproximación, es abajarse, ponerse a nivel del suelo, no subirse en un pedestal.

Pater, ¿y por qué la humildad es tan importante? ¿No es un fastidio abajarse? ¿No es una falsedad? ¿No es mejor ser importante? A ver, hijo, si lo entendemos; santa Teresa decía que la humildad es andar en verdad, y que la verdad es que somos muy poca cosa.

Entremos en materia: ser humilde es tener el verdadero concepto de lo que uno es, y desde ahí actuar. Esto es, estar en nuestro sitio, con otra expresión de la vida cotidiana. Y si uno no está en su sitio, la vida le pone en su sitio, y esto es muy importante. Me explico: lo contrario a la humildad es la soberbia, y suele ocurrir que al soberbio, tarde o temprano, alguien, la vida, o lo que sea, le pone en su sitio. El soberbio lo sabe todo, y por eso no quiere aprender. También por eso, al soberbio le cuesta escuchar. El soberbio se cree dueño de su vida, y no necesita de los demás.

Ojito, que esto no quiere decir que es malo tener conocimientos, o no querer dar la lata a los demás. Es algo un poco más profundo. La soberbia empieza cuando uno tiene un corazón independiente que le lleva a vivir su vida poniendo su ego en primer plano, bien sea consciente o inconscientemente. Tener cosas o conocimientos, o querer tenrrlos, no es malo en si; querer aprender siempre es bueno, lo mismo que querer mejorar la condición de cada uno. El peligro -y es un peligro serio- está en que el deseo de mejorar puede erosionar el corazón, y hacerlo independiente. Al poseer cosas tendemos a confiar en ellas y también a vivir para poseer cosas, distorsionando el sentido de nuestra vida que es la entrega al otro y a Dios. De aquí viene el peligro de las riquezas, señalado por el Señor en el Evangelio. Y de aquí viene otro peligro muy grande en la vida espiritual, que es el de proyectar en esta nuestro esquema vital de clase media: la clase media tiene un modo de vida acomodado y ganado justamente; necesita pocas cosas. De aquí es fácil pensar que en la vida espiritual necesitamos de pocas cosas, es más, podemos conseguirlas con nuestra voluntad sin la ayuda de Dios. De ahí que inconscientemente abandonamos a Dios, pues pensamos que no lo necesitamos, cuando en realidad es todo lo contrario: sin Dios no podemos nada. Por eso, si proyectamos nuestros esquemas de clase media en la vida espiritual, caemos en una visión obligatoria de la misma, en la que la gracia y la alabanza están prácticamente ausentes.

Una última pregunta: cómo se sale de este esuqema: no conozco otro que el aceptar y querer las humillaciones. Solo cuando el hombre experimenta la impotencia puede ser humilde de verdad. p. Javier, párroco.

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