Los profetas sacuden la conciencia colectiva. Si no lo hacen, quiere decir que no son profetas. Por eso los profetas resultan incómodos, y frecuentemente son perseguidos. Y si no que se lo pregunten a Jeremías o a Amós, por ejemplo.
En nuestros días, los profetas también han sacudido la conciencia colectiva. Recordemos a san Pablo VI, el Papa de la Humanae Vitae y de la encíclica Sacerdotalis Coelibatus, san Juan Pablo II, y cómo fue criticado por la sociedad considerado un hiperconservador, y no digamos nada de Benedicto XVI, despectivamente llamado el Papa Ratzinger ..... Y es que la corrección política no es compatible con el profetismo. Sucede lo mismo con los padres en la educación los hijos a la hora de marcarles límites, pues una de las tareas de la educación es formar la voluntad de los hijos compensando la concupiscencia que habita en su corazón. Y esto no es fácil, pues es más fácil no complicarse la vida y sucumbir ante los caprichos. Pero, también lo sabemos, no es lo correcto, y tiene consecuencias tremendas.


Si comento esto, es porque me han dado una pista preciosa para entender al Papa Francisco. Esa pista son las acciones que hacía el profeta Ezequiel. No le entendieron sus contemporáneos y le criticaron. Pero esa fue la pedagogía de Dios: desconcertar mediante las acciones simbólicas de un profeta. Es verdad que el Papa desconcierta. Pero algunos medios han convertido el desconcierto en escándalo. Y no es así como se debe entender al Papa. El desconcierto es llamada a la conversión. El desconcierto es una invitación a profundizar a preguntarse por qué el Papa actúa así o asá. El desconcierto es una ocasión preciosa para crecer en humildad, para dejar falsas seguridades, no me refiero a cambiar el magisterio, sino a cambiar mi modo de vivir y pensar que no siempre es 100% evangélico. Y el Papa está haciendo esto de un modo muy poderosos en nuestros días.
Podemos citar dos provocaciones diarias que el Papa nos hace: la primera va dirigida a quienes nos consideramos buenos, no necesitados de conversión; a quienes pensamos que lo que hacemos es suficiente. Es una provocación a nuestra comodidad espiritual, que nos lleva a estancarnos en nuestra vocación a la santidad. Aquí la palabra del Papa se hace eco de la predicación del Señor; el Papa constantemente nos llama a un seguimiento más profundo de Cristo, a todos, no solo a los consagrados. Nos llama a no caer en la tentación de pensar que el evangelio es solo para los consagrados y que los laicos no necesitan, por poner un ejemplo, la oración o la eucaristía diarias. La vocación a la santidad es para todos.
Y el Papa también nos provoca para que no nos cerremos en nuestro entorno. Él es el primero en vivir la frase ser Iglesia en salida. Iglesia en salida es no quedarnos en nuestro barrio, en nuestra Misa dominical. Iglesia en salida es saber decir una palabra a quien está cascado; es vivir la caridad. Y, sobre todo, no olvidemos, que el mundo no se acaba en nuestro entorno. Somos responsables de la suerte de los demás. El Papa nos provoca para que asumamos, desde el Evangelio esta responsabilidad. Cristo vino a esto. P. Javier Igea, párroco

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