Acabo de terminar de leer la Opción Benedictina. El libro se ha convertido en un modesto fenómeno de masas dentro de la literatura católica de este año, y sé de varios de mis feligreses y amigos que lo han comprado. Lo encargué a Amazon con una pequeña duda dentro de mi: no me gusta seguir la masa, ni comprar lo que se lee en el momento. Quizá esta duda mía venga de una naturaleza hipercrítica, que no es buena, pero quizá también refleje que algunos fenómenos de masas, algunos bestsellers, esconden planteamientos superficiales, como modas que son. Con esta curiosidad lo he leído. Y me he encontrado con una mezcla de planteamientos sugerentes y otros más aplicables al mundo anglosajón que a la realidad europea.

El libro abarca un amplio espectro de contenidos; desde la sexualidad y la educación, que aparecen en los capítulos finales, a consideraciones sobre el trabajo y la política, y también dedica capítulos a temas de espiritualidad e incluso reflexiones sobre la edad media y la evolución de la misma hacia la modernidad y la postmodernidad. Creo que el tocar tantos temas y de una manera tan general, ha hecho que, al terminar mi lectura de ellos, me haya quedado con una impresión de superficialidad en las reflexiones y de falta de precisión en las conclusiones que se sacan por la amplitud de las premisas que se consideran. Esta falta de profundidad en algunos de los temas tratados creo que se descubre por el índice de autores del libro, en el que echo en falta a Santo Tomás, al Concilio Vaticano II, al Catecismo de la Iglesia Católica, al Papa Juan Pablo II (solo una alusión tangencial al mismo) o a un autor como George Weigel, por citar solo algunos. Por poner un ejemplo, las reflexiones sobre el hombre de la Edad Media y su visión sacramental de la realidad, necesita una profundidad mayor, en mi opinión, añadiendo, quizá, la distinción tomista naturaleza-gracia, necesaria como el marco (frame) clave en el que discurre la acción y la vida del cristiano. Asimismo me ha parecido que el autor no tiene un conocimiento profundo de la historia de la Iglesia y de la Espiritualidad, pues a medida que avanzaba mi lectura, esperaba ver desarrollados temas de los que la historia muestra soluciones perfectamente válidas para la situación actual, y no coincidentes al 100% con la opción benedictina propuesta.

También me hubiera gustado ver en esta obra una reflexión sobre la ilustración. Kant es otro de los autores que echo en falta en el índice, y sin él no se puede entender nuestro momento. Hay una diferencia entre la ilustración francesa, la inglesa y la alemana. La primera absolutiza la razón en detrimento de la fe; la segunda absolutiza la libertad admitiendo la fe, aun cuando cae en el deísmo,  y quizá sembrando la base del relativismo moral. Y  la tercera dio origen al marxismo a través de Hegel y Marx. Creo que que se debe hacer un análisis de la realidad actual partiendo de este fenómeno de la ilustración, que nos ha llevado al nihilismo en que vivimos. Al fin y al cabo, si no abordamos este tema desde la fe y la filosofía, no haremos más que poner un parche a la misión evangelizadora de la Iglesia.  Benedicto XVI, sin duda alguna, fue consciente de esta necesidad y sus encíclicas sobre la esperanza y la caridad entrán en diálogo con Nietzsche y Habermas, entre otros.

Entre lo mejor que he encontrado en el libro es el análisis del DTM, o Deísmo Terapeútico Moralista, que es una caricatura del cristianismo, presente por doquier. Consiste en presentar un cristianismo basado en la creencia en un Dios abuelete, lejano, que justifica todo y que tranquiliza conciencias produciendo una sensación de bienestar. Esto está muy lejos del evangelio. Yo lo clasificaría como una consecuencia de la acedia en la que hoy están sumergidas muchas comunidades de la Iglesia.

Pero una de las cosas que me ha chocado del libro es la abundancia de epítetos como conservador, tradicional y similares. En el mundo de Estados Unidos, uno puede considerarse cristiano conservador, tradicional, etc., liberal no progresista, o como quiera. A mi no me parece buena idea poner etiquetas, pues si nos definimos conservadores, dejamos de ser revolucionarios, y hay veces que hay que serlo. El catolicismo americano estuvo muy comprometido por criterios evangélicos en la lucha por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam; en nuestros días lo está en la lucha por la vida y la dignidad del no nacido y por la libertad religiosa, pero no por ser conservador, sino por ser cristiano. Echo en falta que no se mencione la lucha contra la pobreza, por ejemplo, en guetos como el Bronx, en el que viví 5 años, como un elemento de la acción del católico hoy. Esto no es de liberales ni de progresistas, sino de alguien que se siente tocado por Cristo para vivir la caridad, el misterio de la Encarnación. Las etiquetas creo que no ayudan a esto.

Considerar este libro como el camino a seguir ad pedem literam puede suponer un empobrecimiento de la acción de la Iglesia o de la persona, que quizás no de buenos resultados pastorales. Me explico: están muy bien las reflexiones propuestas sobre una vuelta a la educación clásica, y me parecen muy buenas y dignas de seguirse; las acojo al 100%. Pero hay otras experiencias educativas, como por ejemplo, la ignaciana de los orígenes de la Compañía de Jesús, -no me refiero a los experimentos secularizados actuales de la misma-, pedagogías extraordinarias, que pueden ponerse de modelo, y que echo en falta que se las mencione en el libro. Así, la opción educativa que se propone, es más, una opción educativa, ciertamente interesante y fructuosa, pero una entre otras, no la opción educativa a seguir.

Lo mismo creo que se puede decir de la oración y la liturgia. El Concilio destacó, como es bien conocido, el papel de la Eucaristía en la acción de la Iglesia, pero de aquí no debe seguirse un abandono de otras formas de orar que no había en tiempos de san Benito, como por ejemplo, la de santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, y que no encuentro mencionadas.

El libro analiza la dificultad de vivir y transmitir la fe en la cultura secular que avanza y que impone sus dogmas relativistas, incompatibles con la vida cristiana, lo que el Cardenal Ratzinger llamó la dictadura del relativismo. Coincido con el autor en considerar la crisis de la postmodernidad como probablemente la crisis más fuerte de la sociedad occidental, comparable a la situación cultural en la caída del Imperio romano, en la época de san Agustín y los años subsiguientes. Creo también que es un gran desafío para nuestros días, y no solo yo lo creo, sino que es un dato conocido que el Papa Benedicto, en sus tiempos de Cardenal predijo el camino que seguiría la Iglesia europea hacia nuevas y pequeñas comunidades. Es cierto que he soñado muchas veces con la vuelta de los monasterios, sobre todo masculinos, como una posibilidad de evangelización, pero creo que también el Espíritu Santo ha suscitado en la historia otras opciones de evangelización en otras situaciones de crisis cultural. San Ignacio, san Juan Bosco, los santos franceses que renovaron la educación católica, son, sin duda, carismas suscitados por el Espíritu Santo a lo largo de la historia, en situaciones también complicadas y de persecución. Me hubiera gustado verlos más presentes en el libro, pues también hay en ellos tantos elementos, o más, que en la regla benedictina, válidos para nuestros días.

Por otra parte, muchas de las cosas que se proponen no son nuevas; quien se fije en el icono pintado por Kiko Argüello, verá que tiene una frase puesta en boca de la Virgen que le anima a hacer nuevas comunidades que vivan en el estilo de la Sagrada Familia de Nazaret; este camino de las nuevas comunidades basadas en el evangelio es el carisma del camino neocatecumenal, en el que está también presente el carisma del hermano Charles de Foucauld, de ser levadura en la masa.

La opción benedictina mal entendida puede llevar a ser una opción de separación de la masa, de negación de la encarnación, algo así como convertir a los católicos o a los cristianos de otras confesiones en un grupo similar a los amish, quienes, por otra parte, son mencionados en este libro. Esto no es muy evangélico, pues la última acción del Señor es el mandato misionero, y en otro sitio del Evangelio se anima a ser levadura en la masa, y para ello hay que estar en la masa, no fuera de ella. Se trata de ser sal, que no se haya vuelto sosa, por supuesto. Habrá personas que tendrán la vocación a vivir la opción benedictina que se propone, y que tiene elementos muy válidos y cuestiones muy sugerentes, pero también puede haber una tentación detrás, si se entiende mal, una tentación cercana al integrismo, que creo que es uno de los males que hoy pueden darse como reacción a la cultura relativista. A este respecto me parece clave en la Iglesia recuperar el valor dado por el Concilio Vaticano II a la libertad de conciencia, y hacerla punto de partida en la búsqueda de la verdad. Este es un elemento clave en el diálogo con el mundo moderno, y fue uno de los temas que Rocco Buttiglione destacó de san Juan Pablo II en su libro El pensamiento de Karol Wojtyla. La antropología de esta Papa, su concepción de la sexualidad, por cierto no citada en este libro, siendo una de las grandes aportaciones de san Juan Pablo II, y marca un camino muy sugerente a seguir. San Juan Pablo II vivió, antes que propuso, su antropología en los tiempos, primero del nacional socialismo y luego bajo el comunismo. Quiero decir con esto que hay elementos muy válidos para nuestros días propuestos por san Juan Pablo II, el Papa Benedicto y el Papa Francisco, que no encuentro en el libro y que merecen estar por su profundidad y audacia.

Mis pensamientos sobre el tiempo actual

Creo que a la situación actual hemos llegado por una crisis de santidad en la Iglesia. Leí que el p. Alfonso Torres, santo jesuita y director espiritual de santa Maravillas de Jesús, decía en la España de la posguerra que no era oro todo lo que relucía. Y él veía que en esta España, con los templos tan llenos, y tandas de ejercicios muy numerosas, que la familia estaba en crisis por el materialismo. Y no había entonces muchos signos externos de crisis en la España de estos tiempos; quizás hubiera una vinculación superficial con la Iglesia y con el Señor. Años después, tras un período de confusión doctrinal intracatólico grande, en el posconcilio, vino el gran cambio cultural de la sociedad y la situación actual. Un cristianismo descafeinado llevó a una sociedad amoral, y ésta ha evolucionado dando rienda a las pasiones del hombre hasta la “cultura” (me resisto a llamarla así) de nuestros días. El catolicismo ha caído en el DTM tan bien descrito en este libro, al que se le puede unir la reducción de la caridad a la solidaridad secularizada, y la reducción de la acción del cristiano a una vivencia de la solidaridad autocomplaciente que se convierte en un soborno de la conciencia, y en la que está ausente el sentido de pecado y el sacrificio redentor de Cristo y, por tanto, es deficitaria.

Las soluciones que en nuestros días se van forjando tienen elementos muy positivos, pero también tienen lagunas por haberse olvidado la tradición cristiana y por la poca formación del pueblo y de los pastores. Esto hace que surjan las espiritualidades descritas en la opción benedictina como espiritualidades de "subidón” y que abunden en la actualidad. El abandono de autores -doctores del a Iglesia- como san Juan de la Cruz y santa Teresa, y su sustitución por otras opciones que exigen menor esfuerzo intelectual lleva a espiritualidades fáciles, pero que se van tan pronto como vienen. Esto me hace pensar que la salida de la crisis vendrá por una formación integral seria: de la mente mediante el estudio y la reflexión orientadas al hombre actual, y la formación del corazón, mediante la ascesis y la oración según la espiritualidad católica renovada.

Otro elemento necesario para salir de la crisis actual es la vivencia de una eclesiología sana. Y aquí contaré una anécdota personal. Hablando con una persona con quien mantenía serias divergencias sobre como concebir la nueva evangelización, le recomendé que leyera un libro de eclesiología para tener un punto de partida común en que pudiéramos coincidir. La cuestión en que no estábamos de acuerdo era en si uno debía hablar con el obispo de la diócesis para evangelizar, o no, en ella. Mi interlocutor defendía que no era necesario, y yo modestamente decía que si el fin de la evangelización es la implantación de la Iglesia, y no solo suscitar una experiencia religiosa que, al final es subjetiva, uno, lógicamente, tiene que hablar con el obispo, para actuar en la diócesis. Mi interlocutor veía esto como una imposición que coartaba su libertad y como el clericalismo de un sacerdote. Yo no supe explicar que esto es eclesiología de comunión, y puro Vaticano II y san Ignacio de Antioquía, sin ir más lejos. Me di cuenta en ese momento que la eclesiología pentecostal no estaba tan lejos como me podía parecer.

El libro La opción benedictina necesita, en opinión de este pobre cura católico, profundizar más en la eclesiología. Newman, Chesterton, etc., descubrieron la Iglesia Católica, y no todas las iglesias son iguales. El ecumenismo es ciertamente una cuestión previa y urgente, un don del Espíritu Santo en nuestros días.

Y también es necesario vivir dentro de la Iglesia una sana eclesiología de comunión. Y aquí la experiencia de los movimientos es a veces ambivalente. Es cierto que estos revitalizan a las personas; pero también es cierto, que, cuando no se vive la eclesiología de comunión, los movimientos se pueden convertir en proselitistas y empobrecerse a medio y largo plazo. Para ello, descubrir la Iglesia, considerarse antes miembro de la misma, del cuerpo de Cristo, que miembro de tal o cual movimiento, es algo prioritario en nuestros días. De no ser así crearemos una iglesia fraccionada, con grupos en competencia entre sí, que busquen nuevas experiencias cada vez más intensas, en vez de centrarse en el Evangelio y en Cristo Jesús Señor de la historia.

También nos podemos preguntar si no hemos estado siempre en esta situación de crisis culutral. En un diálogo de la novela Elena de Evelyn Waugh, cuando el emperador Constantino quiere construir una nueva Roma porque ésta era pagana, uno de sus interlocutores le dice que Roma siempre será pagana. Y, ¿no habrá sido siempre así? ¿La diócesis del Papa ha sido alguna vez cristiana? No tengo datos para contestar a la pregunta, pero sí sé que en actualidad no lo es; tiene una práctica religiosa muy baja; en tiempos de san Ignacio, éste abrió una casa para mujeres de mala vida en la plaza del Colegio Romano, señal de que las había. Antes, lo que recuerdo de los estudios en el seminario de historia de la Iglesia, el Papa Celestino V tuvo que dimitir, y no creo que Roma fuera muy ejemplar en la época. El siglo de hierro, pues qué decir. ¿No será que la misión de la Iglesia se da siempre en esta situación, en la que la diócesis de Roma está en la actualidad y quizá siempre haya estado así? Por esto, ¿añorar otros tiempos es sano? Los monjes no construyeron los monasterios como una alienación de la realidad, sino para reproducir el paraíso.

Termino: hay muchas opciones: la benedictina, por supuesto; la ignaciana, la franciscana, la teresiana, la de Carlos de Foucauld, la del Camino neocatecumenal, la de Comunión y Liberación, la del Opus Dei, etc. etc. El Señor nos llamará a unos a una, a otros a otra, pero a todos a la unión y a la Evangelización. La Iglesia existe para evangelizar y subsistirá en tanto en cuanto sea misionera.

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