Hay en nuestros días una crítica exacerbada al Papa Francisco que proviene de sectores intraeclesiales, y de lo que podríamos llamar “fuego amigo”. Ciertamente, no me extraña que diarios de planteamientos no compatibles con el evangelio lo critiquen, y que lo hagan también los que estén influídos por el planteamiento anticlerical tan presente en nuestra patria. Lógicamente, si uno no cree en Dios y es combativo con esta idea, o no está de acuerdo con la verdad que la Iglesia Católica profesa, luchará contra la misma por considerarla su enemiga. Es una postura coherente, y el diálogo se ha de dirigir a las premisas, si es que se puede dialogar.

El tema que quiero tratar es el de la crítica intra-eclesial. Por su fe, el católico cree que el Papa es la persona a quien Cristo puso como roca, esto es, cimiento de la Iglesia. Está asistido por el Espíritu Santo en temas de fe y costumbres, de tal manera que tiene autoridad dada por Cristo para pastorear en estos temas. Un católico debe acoger con obediencia religiosa su magisterio. Ahora bien, esto no quiere decir que no se pueda no estar de acuerdo con comentarios o decisiones tomadas por el Santo Padre. Se puede no estar de acuerdo, y no pasa nada. La Iglesia seguramente se enriquece y crece con esto. Pero, ¡cuidado!; debilitar los cimientos es debilitar el edificio.

El problema está, bajo mi punto de vista, en las razones por las que se puede o no disentir. Es bastante obvio que el conocimiento de la realidad que el Papa tiene es mucho mayor que el mío. El ve la realidad desde la cima de un monte, y yo como quien está ascendiendo por una ladera y solo puede ver su entorno y el fondo del valle. Desde la cima se ve mucho más. Por ello, podrá hacer una crítica inteligente al Papa quien tenga el conocimiento de la realidad que le ha dado su historia personal y los contactos que desde su atalaya hace (despachos con obispos, cardenales, jefes de estado de todo el mundo…). Yo no lo tengo, y por eso reconozco que, aun cuando el Papa tome decisiones que me pueden chocar, seguramente son extraordinariamente buenas.

Por eso creo que muchas de las críticas que se le hacen al Papa vienen de posturas integristas que participan de la misma actitud que mantuvo mons. Marcel Lefebvre en su rechazo de la reforma litúrgica y de parte del magisterio de Concilio Vaticano II. Lefebvre, recordemos, acabó en cisma.

Algunos han rechazado el diálogo mantenido hace unos días entre el Papa y Ahmed el Tayeb, gran imán de Al Azhar, porque, probablemente en el fondo de sus corazones no ha entrado la doctrina del Concilio sobre la libertad de conciencia. Sin embargo, yo lo veo como un gran gesto profético, similar al encuentro de Asís promovido por san Juan Pablo II que además encaja en los grandes cambios culturales que se están dando en la humanidad, relacionados con la decadencia de la cultura europea, y la emergencia de otras culturas como la india, islámica y china. Ciertamente no conocemos el futuro, pero sí conocemos el presente, y el diálogo con el Islam es necesario en nuestros días. Quizá los integristas me acusen de relativismo como lo han hecho con el Papa. Yo creo que quien piense que el diálogo es relativismo, tiene un problema.

p. Javier, párroco.

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